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Moscas cojoneras para el rey desnudo

  • Foto del escritor: Amparo Graciani
    Amparo Graciani
  • hace 15 horas
  • 15 min de lectura

Actualizado: hace 3 horas

El problema no está en los adoquines sino en el sistema que permite que lleguen a bailar. Y no han empezado a bailar hoy; llevábamos meses avisando de que iban a hacerlo.


Amparo Graciani



Hay ciudades que se deterioran lentamente, ciudades que se deterioran a toda velocidad, y otras en las que el deterioro no empieza cuando aparece una baldosa rota, un adoquín que baila o una junta que se deshace, sino mucho antes: cuando quienes tienen la obligación de advertir dejan de hacerlo, cuando quienes deberían escuchar dejan de hacerlo y cuando la crítica comienza a considerarse una molestia en lugar de una herramienta imprescindible de cualquier buena gestión.


En Sevilla llevamos meses viendo, señalando y escribiendo sobre los problemas de ejecución del adoquinado que el alcalde pretende imponer en el centro urbano. No nos hemos referido a cuestiones estéticas; hemos hablado de ejecución, de espesores de juntas, de piezas que pueden perder estabilidad, de irregularidades, de accesibilidad y de las consecuencias que, previsiblemente, y en muy breve plazo de tiempo -como ha resultado ser- tendría una ejecución deficiente.


Lo hemos hecho de modos diversos, en textos divulgativos pero con precisión técnica; incluso en ocasiones, en las redes, en tono jocoso; también incidiendo en cuestiones transversales (inseguridad del viandante, falta de accesibilidad, estética, evaluación, limpieza....). Por poner unos ejemplos: el 27 de enero advertíamos sobre los problemas de las plataformas únicas y sobre el excesivo espesor de las juntas de los adoquinados y sus consecuencias para la accesibilidad. El 23 de febrero advertíamos de los problemas derivados de una ejecución inadecuada: basculamientos, cejas, pérdida de material de relleno y movimientos diferenciales y utilizábamos una imagen deliberadamente provocadora: las piezas acabarían «bailando». Antes de la Semana Santa el Grupo PSOE se hizo eco de estas ideas, denunciando en prensa y redes sociales la deficiente ejecución de las obras, entre otras cuestiones.


Sevilla Se Muere, Sevilla Se Levanta y yo misma (en mi caso, en un tono ciertamente provocativo)— vertimos muchas críticas en las redes sociales —especialmente en X— sobre los adoquines sueltos y rotos, los agujeros y, en general, sobre el deficiente estado de la calzada en el eje La Campana-Las Setas (obra que, además, lleva muy poco tiempo terminada). Como ejemplo, mostramos una tapa de alcantarilla donde los fallos de ejecución y sus consecuencias eran muy llamativos. Un video de la misma, publicado hace dos días en Instagram por Sevilla Se Levanta, obró el milagro. 






Acceso a la crítica realizada por @AmparoGraciani en X (13.08.2026) sobre la falta de control en la ejecución de la obra.

Denuncias del PSOE de Sevilla



Al día siguiente (21 de agosto), a golpe de tambor de la denuncia en Instagram, como suele suceder en esta ciudad, llegó la reparación (aun chapucera) de la que hoy (22 de agosto), la prensa se hace eco. De repente, aquello que algunos podían considerar una exageración, una obsesión, una de esas molestias que conviene dejar pasar, o un crítica más desde la oposición, aparece fotografiado en las páginas de un periódico.


Me pregunto cuántas veces hay que advertir de un problema para que alguien decida actuar antes de que se convierta en noticia. La cuestión que debe preocuparnos no es quién tuvo razón, no quién lo contó primero (que fue Sevilla Se Levanta) ni quién aparece ahora en la fotografía, sino por qué no se actuó cuando todavía estábamos a tiempo de evitarlo; cuando podríamos haber evitado seguir malgastando recursos públicos y generar molestias al ciudadano.


El problema no es el adoquín


Los adoquines son solamente la parte visible. Una obra pública no empieza cuando llega la máquina ni termina cuando se corta una cinta. Entre una cosa y otra existe una cadena de decisiones: proyecto, prescripciones, materiales, ejecución, dirección, inspección, certificación, recepción, mantenimiento y responsabilidad política. Cuando algo falla, no basta con mirar el resultado; hay que mirar la cadena y, sobre todo, preguntarse dónde estaban los mecanismos de control cuando todavía era posible corregirlo y reorientar la cuestión.


Porque una obra pública no se paga para que parezca bien hecha el día de su inauguración sino para que funcione correctamente durante el tiempo previsto. Si una obra se ejecuta mal, el ciudadano puede acabar pagando dos veces, una primera vez para construirla y una segunda para arreglarla, y quizá una tercera si las reparaciones no resuelven el problema. En Sevilla, por poner un caso muy reciente (entre otros), lo hemos visto en la rotonda de la avenida de Jerez, a la altura de Los Bermejales.


Pero es que esto no es una cuestión menor. Además de ser dinero público, dinero de todos, es una cuestión de seguridad y accesibilidad del viandante y de deterioro de la imagen de una ciudad que vive, además, de su patrimonio, de su atractivo urbano y de la percepción que de ella tienen quienes la visitan. Sevilla no puede permitirse la gran diferencia que hoy existe (y que va in crescendo) entre la ciudad que se promociona y la que perciben el ciudadano y el visitante.


¿Quién vigila al vigilante?


Aunque, cuando aparecen deficiencias en una obra recién ejecutada, la pregunta lógica es quién las ha producido, existen otras, bastante más incómodas: ¿quién tenía que haberlas visto? y ¿quién tenía capacidad y competencia para impedir que se llegara hasta aquí?


¿Cómo es posible que, contando con una estructura administrativa destinada precisamente a que las obras públicas se ejecuten conforme a las condiciones establecidas (inspectores, técnicos, direcciones facultativas, contratistas y responsables políticos...) el ciudadano acabe descubriendo en la calle lo que debería haber sido detectado por los técnicos responsables?


No estoy diciendo que un técnico concreto haya actuado mal. No lo sé, y precisamente por eso hay que exigir que los hechos se conozcan. Lo que estoy planteando (porque lo considero más importante) es: ¿funciona realmente el sistema de control? Porque si funciona, debería ser capaz de detectar las deficiencias antes de que las detecte el ciudadano, y si no funciona, alguien debería explicar por qué; pero ya sabemos que aquí siempre se eluden responsabilidades.


El buen gestor no necesita cortesanos


Quiero traspasar mi reflexión y mis interrogantes al ámbito de la política municipal: ¿qué quiere realmente un buen alcalde? ¿Una corte de personas que le digan continuamente que todo funciona maravillosamente o profesionales capaces de mirarle a los ojos y decirle: «Esto no está bien»?


Un alcalde inteligente debería estar rodeado de moscas cojoneras. Sí, de moscas cojoneras: de gente que moleste, de técnicos que cuestionen, de periodistas que pregunten, de profesionales que discrepen, de ciudadanos que insistan, de funcionarios que adviertan y de colegios profesionales que no tengan miedo de pronunciarse. Una persona que ocupa el poder no necesita que le confirmen permanentemente que tiene razón; necesita mecanismos que le permitan descubrir cuándo puede estar equivocado. El crítico no es necesariamente el enemigo del gobernante; puede ser su mejor sistema de alarma.


El problema comienza cuando el que tiene el poder, desde su soberbia y su ignorancia, confunde la discrepancia con la deslealtad; cuando el que advierte se convierte en «el pesado»; cuando el que pregunta es «el que siempre critica»; cuando quien señala un defecto es acusado de no querer a la ciudad y cuando se pretende que la ciudad admire la fotografía aérea o el proyecto diseñado por Inteligencia Artificial en lugar de examinar la obra. Un buen gestor debería querer a su alrededor precisamente a quienes no tienen miedo de decirle que se equivoca.


Y es cuando ese gestor carece de esos apoyos (mejor dicho, cuando renuncia a ellos) cuando indeseablemente, entre la ciudadanía, surgen moscas cojoneras que son molestas, incontrolablemente molestas; moscas cojoneras insistentes, porque esa es su identidad, por muchos vacíos que se les hagan y muchos descréditos que se propongan, lo llevan en su ADN; porque la mosca cojonera, se escapa, escurridiza, buscando lo mejor que existe: la libertad de vuelo.




El rey desnudo


Todos conocemos el cuento. El rey desfila desnudo mientras quienes lo rodean, por miedo, interés o simple deseo de agradar, aseguran que lleva unas magníficas vestiduras, hasta que alguien dice la verdad. El problema del cuento no es que el rey esté desnudo, sino que todos lo saben y nadie quiere decirlo.


Eso es exactamente lo que una sociedad democrática y debería evitar. Una ciudad sana necesita personas dispuestas a decir que algo está mal, aunque resulte incómodo y no guste, aunque la crítica no genere titulares, aunque el criticado sea un alcalde del mismo partido que uno votó, aunque el Ayuntamiento tenga una enorme capacidad de influencia, aunque el profesional que habla tema equivocarse o aunque el medio de comunicación prefiera publicar otra cosa. Pero para eso hay que estar convencido de que la crítica no destruye una buena gestión sino que la que se escucha a tiempo puede incluso salvarla.


¿Y los colegios profesionales?


Saco a la palestra otra pregunta incómoda formulada con mucho cariño por el respeto y la relación de amistad que, de largo, me une algunos de sus actuales gestores: ¿dónde están nuestros colegios profesionales cuando la ciudad se llena de obras?


No se trata de pedirles que se conviertan en partidos políticos ni en plataformas de oposición municipal. Se trata de recordar que los colegios profesionales tienen una responsabilidad social que va más allá de defender los intereses corporativos de sus colegiados. Los colegios con competencias en las actuaciones en el ámbito de la arquitectura, la ingeniería, la arquitectura técnica, y el urbanismo de nuestra ciudad tienen algo que decir cuando la calidad del espacio público está en juego. Una sociedad profesionalmente madura debería agradecer que sus profesionales tengan voz, porque si quienes saben no hablan, los que no saben terminarán hablando por ellos.


Es evidente que no se dan las mejores condiciones para que los profesionales puedan hablar libremente. Sumida en este intenso trajín de obras ¿puede Sevilla sentirse completamente libre para criticar una actuación municipal un profesional cuya empresa, estudio o actividad dependa de futuros contratos de esa misma Administración? No estoy afirmando que exista una represalia concreta; solo me pregunto si el sistema genera suficientes garantías para que nadie tenga que planteárselo, porque una cosa es que nadie ordene callar y otra muy distinta es que las circunstancias hagan que muchos prefieran no hablar.


Una Administración madura debería querer justo lo contrario; que sus mejores profesionales fueran los primeros en advertir de los problemas; debería proteger la discrepancia técnica y considerar una observación crítica como una aportación, no como una amenaza, porque el profesional que advierte de que una ejecución puede fallar está haciendo un servicio a la Administración y, sobre todo, a la ciudad.


¿Qué hacemos con los técnicos?


Y llegamos a una cuestión todavía más delicada: el papel de quienes tienen responsabilidades técnicas dentro de la propia Administración.


¿Qué sentido tiene colocar a profesionales cualificados al frente de la gestión urbanística si su conocimiento técnico no se traduce en una supervisión rigurosa de lo que ocurre sobre el terreno? Que conste que no cuestiono aquí a personas concretas ni atribuyo intenciones que tendrían que demostrarse, lo que planteo una cuestión institucional. ¿Qué valor aporta un responsable técnico si la función técnica queda subordinada a la estrategia de comunicación? ¿Qué es más importante: explicar bien una obra o tener la capacidad y la autoridad necesarias para detenerla cuando su ejecución no alcanza el nivel exigible?


Un gerente de Urbanismo, un arquitecto o cualquier responsable técnico de alto nivel debería ser, ante todo, una garantía para la ciudad, no una figura decorativa que aporte legitimidad técnica a decisiones previamente adoptadas. La ciudadanía necesita saber que detrás de la firma de un técnico existe criterio profesional, responsabilidad y capacidad efectiva de control; no necesita verlo figurar en eventos sociales ni culturales. Porque la firma de un profesional no puede convertirse en un mero sello que permita vestir de rigor técnico aquello que no ha sido suficientemente supervisado; precisamente por eso la independencia técnica es tan importante.


Parar también es gobernar


Creo que la idea de que, en gestión pública, rectificar es reconocer un fracaso, es una idea equivocada y que, a veces, rectificar es la prueba de que una Administración funciona y sobre todo de la cordura y la humildad de un alcalde. Parar una ejecución cuando se detectan problemas no es perder autoridad, sino ejercerla. Exigir que una contrata rehaga aquello que está mal ejecutado no es atacar a la empresa, sino simplemente hacer cumplir el contrato. Escuchar a un técnico que advierte de un problema no es debilitar al Gobierno municipal sino fortalecerlo. Reconocer que una solución no está funcionando no destruye la imagen de una ciudad, sino que la protege. Lo verdaderamente caro es continuar por no querer reconocer el error; y no solo por el gasto generado sino también por los perjuicios electorales que sobre un alcalde soberbio puede tener no saber rectificar a tiempo.


Los medios y el descubrimiento de lo evidente


Ahora llegamos al papel de los medios de comunicación. Evidentemente, son imprescindibles en nuestra sociedad; pero precisamente por eso hay que exigirles mucho. Hoy Diario de Sevilla cuenta los problemas que presentan los adoquines del eje Campana-Setas, y hace bien, muy bien, en contarlo. Pero también sería bueno que el periodismo local se preguntara por qué algunas cuestiones llegan a los periódicos cuando ya son tan evidentes que resulta difícil no verlas, y también que los ciudadanos fueran conscientes de que muchas cosas no llegan a determinados medios porque son parte del sistema.


Porque una cosa es informar cuando aparece el problema y otra muy distinta es ejercer una verdadera función de vigilancia. Hay ocasiones en que determinadas noticias parecen descubrirse cuando ya han sido advertidas durante meses por ciudadanos, profesionales o medios más pequeños. Habría que escuchar las advertencias anteriores y prestar atención a la ciudadanía; muchas veces, el periodismo debería llegar antes, preguntar antes, investigar antes, contrastar antes y escuchar a quien lleva meses diciendo que algo no funciona. Porque si el periodista llega cuando el adoquín ya está roto, quizá esté contando una noticia. Pero si hubiera escuchado a quienes llevaban meses advirtiendo de cómo podía romperse, estaría haciendo algo mucho más valioso: periodismo de prevención, que (todo hay que decirlo) en esta ciudad no siempre brilla por su ausencia.


Hay otra cuestión que tampoco debería ser tabú y desde aquí, plenamente desinhibida ya, cuál mosca cojonera, la voy a decir. Una Administración tiene derecho a comunicar, pero los ciudadanos tienen derecho a preguntarse qué efectos puede producir sobre el ecosistema informativo un aumento muy importante de la publicidad institucional.¿Cómo se preserva la independencia crítica de los medios cuando las Administraciones públicas tienen capacidad para distribuir recursos publicitarios? ¿Qué espacio queda para las voces incómodas cuando la comunicación institucional ocupa cada vez más espacio y recursos?. La publicidad no es información. Una campaña de promoción no es periodismo. Una fotografía de una obra no sustituye una inspección. Una ciudad puede parecer magnífica en una campaña publicitaria y tener, al mismo tiempo, problemas perfectamente visibles en sus calles. Por eso, también me pregunto si un ayuntamiento debería consentir un incremento presupuestario tan significativo para estos conceptos como en esta anualidad hemos observado, teniendo en cuenta que esto solo asegura que los medios de comunicación estarán plegados al mandato de poder, transformando la información que todos pagamos en simple publicidad institucional.


Migajas y banquetes


No me interesa repartir carnés de buenos y malos periodistas; Dios me libre, porque no estoy capacitada para ello y en principio, todo profesional me ofrece el máximo respeto; tampoco voy a afirmar que todos los medios responden de la misma manera, porque es evidente que no es así y los sevillanos bien que lo saben. Pero sí creo que no debemos obviar la cuestión de los encargos e incentivos institucionales. Cuando hay dinero público en juego, cuando aumentan los presupuestos de comunicación y promoción y cuando una Administración se convierte en un anunciante relevante, es legítimo preguntarse si todos los actores disponen de la misma libertad para ejercer una crítica incómoda.


Porque el dinero no necesita necesariamente ordenar nada. A veces basta con que genere expectativas. Y entonces puede aparecer una autocensura mucho más sutil: no hace falta que nadie diga «esto no lo publiques». Basta con que alguien piense que quizá sea mejor no enfadar demasiado a quien mañana puede volver a contratar publicidad, conceder una entrevista, facilitar una información o abrir una puerta.


Hay quien recibe migajas y hay quien se sienta al banquete. Pero incluso quien tiene hambre puede saber que quizá no conviene levantarse de la mesa para decirle al anfitrión que la casa se está cayendo. Precisamente por eso las sociedades democráticas necesitan contrapesos en la ciudadanía, que, sintiéndose libre, se ve obligada a acudir a las redes para quejarse a veces con excesiva desinhibición.


El ciudadano acaba aprendiendo


Y es que, además, esto tiene una consecuencia peligrosa: el ciudadano aprende. Aprende que advertir antes sirve de poco; aprende que las reclamaciones se archivan; aprende que las voces incómodas son ignoradas; aprende que la Administración reacciona cuando hay fotografías; aprende que el escándalo funciona mejor que el argumento, y entonces empieza a pensar que solo hay una manera de conseguir que alguien le escuche: hacer ruido.


Esto es un fracaso institucional. Asociaciones somo Sevilla Se Muere son un fracaso institucional; el partido (apolítico) de Sevilla Se Levanta, surgido de la necesidad, lo es; y yo misma, en mi papel de mosca cojonera -como tantos ciudadanos críticos-, soy un fracaso institucional, un fracaso institucional que pierde mucho, demasiado, tiempo, en demandar a nuestros gestores; tiempo que debería emplear en aquello para lo que he sido formada y entrenada, en aquello con lo que realmente puedo aportar a la sociedad.


Una democracia municipal saludable no debería necesitar escándalos para corregir una obra, debería disponer de mecanismos ordinarios para hacerlo. Un ayuntamiento precisa de la participación ciudadana, de la implicación de vecinos con valores e interesados en el bien común más allá de la ideología política del gobernante, porque cuando las instituciones solo reaccionan ante el escándalo están enviando un doble mensaje ciertamente perverso al ciudadano: "la vía normal no funciona; grite usted más fuerte". Lo malo es que cuando se equivoca una y otra vez, obvia y maltrata al ciudadano que lo denuncia y, con chulería, dice eso de "grite usted más fuerte", corre demasiados riesgos.



Lo que ocurre con los pavimentos es un reflejo


Por eso creo que sería un error reducir todo esto a una discusión sobre adoquines. Lo que está ocurriendo con los pavimentos de Sevilla es, en cierto modo, un reflejo de algo más profundo: de una sociedad en la que las voces críticas pueden resultar incómodas; de profesionales que pueden preferir callar antes que arriesgarse a ser considerados problemáticos; de instituciones que pueden sentirse más cómodas con la adhesión que con la discrepancia; de medios que, en ocasiones, llegan cuando la realidad ya no admite discusión; de políticos que pueden confundir una crítica con un ataque; y de ciudadanos que terminan creyendo que solo el escándalo consigue modificar una decisión.


Una ciudad funciona cuando sus mecanismos de corrección funcionan; cuando un técnico puede advertir, cuando un inspector puede exigir, cuando una contrata sabe que tendrá que responder por la calidad de su trabajo, cuando un colegio profesional puede pronunciarse, cuando un periodista puede investigar, cuando una oposición puede fiscalizar, cuando un ciudadano puede denunciar y cuando un alcalde escucha todo eso antes de que el problema se convierta en una crisis; en esencia, cuando cada cual, incluso las moscas cojoneras, ejercen y cumplen la función que le compete.


Cuando las moscas tienen razón


Hay personas que consideran que las voces críticas son molestas. Probablemente lo sean, como las moscas lo son. Por eso funcionan tan bien como metáfora. Una mosca no deja dormir al rey, que en la cama, molesto, no para de dar vueltas.

Los sevillanos deberíamos reivindicar el papel de las moscas cojoneras. Las que preguntan, las que comprueban, las que vuelven sobre el asunto, las que no aceptan un «ya está solucionado» cuando no lo está, las que no consideran una falta de respeto decirle al poder que se equivoca, las que no esperan a que el problema sea noticia para hablar y las que prefieren ser incómodas hoy antes que tener razón mañana, cuando ya sea demasiado tarde. Pero parece que la verdadera tragedia no es que el rey esté desnudo; la verdadera tragedia es que nadie se atreva a decírselo. Y lo digo con conocimiento de causa, harta de escuchar decir incluso a técnicos y hasta a cargos de la propia institución, eso de "Te leo. Tú, sigue".


Por favor, señor Sanz, vístase


No quiero un rey desnudo; un rey absolutista rodeado de una corte de aduladores que le aseguren que todo está bien mientras la ciudad les muestra lo contrario. Quiero un alcalde que entienda que gobernar no consiste en conseguir que nadie le contradiga, sino en rodearse de personas capaces de hacerlo; que sepa que un técnico que advierte de un problema no está cuestionando su autoridad, sino ayudándole a ejercerla mejor; que un profesional que discrepa no es un enemigo; que un periodista que pregunta no es un adversario y que un ciudadano que insiste no es una molestia que haya que apartar.


Una ciudad no necesita gobernantes infalibles sino gobernantes capaces de escuchar antes de que sea demasiado tarde. Necesita inspectores que inspeccionen, técnicos que puedan ejercer su criterio con independencia, contratistas a los que se exija la calidad que se les ha contratado para proporcionar, colegios profesionales que no renuncien a su responsabilidad social y medios de comunicación que no esperen a que el problema sea tan evidente que ya no comporte ningún riesgo contarlo. Necesita, sobre todo, que la crítica sea entendida como un mecanismo de corrección y no como una amenaza al poder.


Porque una Administración que solo escucha cuando llega el escándalo está condenada a pagar más caro sus propios errores. Primero se paga la obra, después se paga la reparación, y, entretanto se paga también algo mucho más difícil de recuperar: la confianza del ciudadano en sus políticos, en sus técnicos, en sus instituciones, en sus profesionales y hasta en quienes deberían contarle con plenas garantías la realidad de lo que sucede.


Quizá por eso las moscas cojoneras sean necesarias. Son incómodas, insistentes y a veces irritantes, pero cumplen una función saludable: no permiten que el poder se duerma completamente rodeado de quienes solo le cuentan aquello que quiere escuchar. Una ciudad democrática debería protegerlas, no espantarlas, porque cuando todas desaparecen del palacio, cuando solo quedan los cortesanos, llega un momento en que nadie se atreve a decir lo evidente.


Y lo evidente es que los adoquines no han empezado a bailar hoy. Llevábamos meses avisando de que iban a hacerlo. El problema no es, por tanto, que ahora aparezcan piezas sueltas, rotas o desplazadas, el problema es que una advertencia que podía haber servido para corregir una ejecución a tiempo no haya tenido la consideración que merecía. Así que es evidente que el verdadero problema no está en los adoquines sino en el sistema que permite que lleguen a bailar.


No quiero un rey desnudo. No quiero una ciudad convertida en una corte en la que todos miren al poder esperando descubrir qué deben decir para seguir sentados a su mesa. No quiero silencio reverencial ante quien debería ser el primero en escuchar.


Así que, alcalde, permítame terminar con una petición sencilla: por favor, señor Sanz, vístase. No por las moscas; ni por los periodistas críticos, vístase por Sevilla. Porque cuando el rey está desnudo y quienes le rodean prefieren decirle que luce magnífico, las moscas cojoneras terminamos siendo las únicas que hacemos el trabajo de avisar. Y, créame, señor alcalde: no solo estamos hartas, sino que no queremos tener razón cuando ya sea demasiado tarde. Queremos que nos escuche cuando todavía estamos a tiempo.


Sevilla, a 22 de agosto de 2026




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