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Innovar sin saber por qué

  • Foto del escritor: Amparo Graciani
    Amparo Graciani
  • 26 ene
  • 3 min de lectura

De la de errores que hoy nuestros alumnos pueden aprender.


Amparo Graciani


Las recientes actuaciones de la Gerencia de Urbanismo, adoquinando calles, igualando rasantes y eliminando peraltes y husillos, están generando un fenómeno tan simple como previsible: lagunas cada vez que llueve. Los vecinos se quejan, con razón, porque el agua no entiende de modas urbanas ni de mensajes de innovación; solo entiende de pendientes, gravedad y evacuación.


A estas molestias habría que sumar los accidentes. Resbalones, caídas, bicicletas que patinan y peatones que aprenden de forma empírica dónde se acumula el agua. Pequeños experimentos urbanos, supongo, que convierten la lluvia en una prueba de habilidades motrices. Innovar, al parecer, también consiste en añadir emoción al recorrido cotidiano.


Resulta especialmente llamativo que estas actuaciones se presenten como una vuelta a lo tradicional, reivindicando el adoquín de Gerena. Porque no deja de ser una contradicción notable: querer recuperar un material histórico mientras se rompe deliberadamente la tradición constructiva que le daba sentido y por supuesto sin preocuparse por una buena ejecución. El adoquín de Gerena no funcionaba por sí solo; funcionaba porque se colocaba con peraltes, bordillos claros y husillos laterales que conducían el agua. Quitar eso y seguir llamándolo tradición es como eliminar los cimientos y presumir de fachada.


Fotografía. Calles San Juan de la Palma - Regina. Post en X de Alfredo Martínez Pérez @almartinezperez. 26.01.2026



Como profesora de Historia de la Construcción, no puedo evitar preguntarme cómo explicar a mis alumnos que se puede “innovar” ignorando principios que llevan siglos demostrando su eficacia. La innovación que desconoce los fundamentos no es innovación: es ensayo. Y el espacio público no debería ser un laboratorio donde la ciudadanía pone el cuerpo mientras se comprueba qué pasa cuando llueve.


Quizá en los próximos días de lluvia lleve a mis alumnos a la calle. Será una clase práctica excelente. De la de errores que hoy nuestros alumnos pueden aprender. Verán cómo una mala decisión técnica se traduce en charcos persistentes, accesos inundados y superficies resbaladizas. Aprovecharé también para explicarles cómo en las calzadas romanas los peraltes y vierteaguas, con aceras elevadas, garantizaban la evacuación de agua, y también qué es un nivel de construcción. Los romanos lo usaban; lo llamaban libella. Una herramienta sencilla, sin marketing, pero con un historial de éxito en ciudades que entendían que el agua había que conducirla, no negarla.





De momento, hoy, en mi primera clase, la de los fundamentos, les hablaré de cómo los egipcios utilizaron el agua para nivelar las superficies de apoyo de las pirámides. Les hablaré de Herón de Alejandría, el gran inventor, que mediante un tubo de latón con los extremos doblados, tubos de vidrio y un líquido coloreado, aplicando el principio de los vasos comunicantes, conseguía superficies perfectamente horizontales para calzadas y obras públicas. Todo muy antiguo, sí, pero sorprendentemente eficaz incluso hoy.


Volviendo a Sevilla, habría que explicar que nivelar correctamente la base hubiera sido una decisión sensata, aunque hubiera ralentizado la obra. Si la base no está nivelada —y lo normal es que no lo esté—, la laguna está garantizada. Y si además se eliminan peraltes y husillos laterales, el resultado no es una calle histórica reinterpretada, sino una superficie plana donde el agua se queda a vivir.


Y ya veremos las consecuencias: humedades en edificaciones colindantes, entrada de agua en viviendas y garajes al subir rasantes, deterioro prematuro de materiales… y quizá algún accidente que obligue a recordar que la seguridad también forma parte de la arquitectura, aunque no salga en las infografías.


Estas actuaciones recientes nos dan, sin referencias políticas, para hablar en clase de los tres valores que Vitruvio consideraba esenciales en la Arquitectura: Firmitas (solidez, durabilidad), Utilitas (utilidad, funcionalidad) y Venustas (belleza, estética).


Esto habría que explicárselo también a nuestros gestores. Porque no hay belleza en una calle que no funciona, ni innovación en repetir errores que la historia ya había resuelto. Vitruvio nos hablaba de la armonía y también de que «los adornos de las obras suelen tener explicaciones tomadas de hechos históricos, y el arquitecto debe saber dar razón de ellos». Vamos, que no vale un "Me gusta", de un alcalde. De momento, se lo explicaremos a los alumnos, por si algún día les llega el turno. Innovar está muy bien; hacerlo sin saber por qué se hacía antes es simplemente olvidar.

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