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Las “dos pinceladas” de 1926.

  • Foto del escritor: Amparo Graciani
    Amparo Graciani
  • 15 ago
  • 3 min de lectura

La Virgen morenita que Sevilla no quiso que cambiaran



Amparo Graciani


 

El 15 de agosto de 2026 se cumplen cien años de uno de los episodios más polémicos de la historia contemporánea de la Virgen de los Reyes: unos retoques en su rostro provocaron una auténtica tormenta en la ciudad.


Ante la proximidad de la Exposición Iberoamericana, cuya inauguración se preveía para octubre de 1927, Sevilla vivía un proceso de renovación urbana y artística paralelo a la exaltación de sus tradiciones, su historia, sus símbolos y su imagen pública.


La Virgen de los Reyes, cuya devoción estaba en auge desde su coronación en 1904, ocupaba un lugar destacado en esta proyección de la identidad sevillana. Los vínculos con la Monarquía, personificada en Alfonso XIII, gran impulsor de las devociones marianas, propiciaban la incorporación de actos religiosos en la Capilla Real a los programas de sus visitas. Así había sucedido apenas cuatro meses antes, con motivo de la entrada triunfal en Sevilla de los héroes del Plus Ultra, acompañados por Su Majestad y diplomáticos iberoamericanos, remontando el Guadalquivir a bordo del crucero Buenos Aires.


El paso de la Virgen lucía parcialmente renovado desde la procesión extraordinaria del 15 de agosto de 1924. El encuentro de la Virgen y el Santo, con motivo de la inauguración del Monumento a San Fernando, motivó el encargo de un nuevo paso al arquitecto municipal Juan Talavera y Heredia; proyecto que, por las limitaciones presupuestarias, quedó circunscrito a la peana —realizada en plata cincelada por Moquel—, el sillón, trabajado en carey, ébano y plata por Alcoba, y los faldones y la tumbilla, esta diseñada por Talavera en tisú de plata y ejecutados por Olmo.


El rostro de la Virgen que miró a San Fernando distaba del que los sevillanos contemplaron dos años después. El domingo 15 de agosto de 1926, aquella «Virgen morenita y sevillana», como la describió Hilario Gutiérrez en El Liberal, salió renovada, sin la pátina que oscurecía su rostro y con veladuras y pinceladas para disimular los desconchados de la encarnadura.


El asunto quedó en los mentideros hasta que, el 18 de agosto, salió a la luz en El Liberal, con «Bello-Tilla», y en El Noticiero Sevillano, por Santiago Montoto, quien lo calificó de «doble sacrilegio»: la profanación de una imagen y el ataque a una «joya arqueológica de extraordinario mérito artístico», además de una irregularidad administrativa, pues una «mano criminal» se había arrogado facultades que no le competían.


Fotografía. El Noticiero Sevillano. 21.08.1926


En los días siguientes, la prensa recogió la indignación popular. El Ateneo de Sevilla, representado por Bravo Ferrer, se sumó a la protesta, mientras «Don Cecilio de Triana» publicaba el poema ¡Fíate de restauradores..!


El escándalo reveló la fragilidad de la custodia institucional: el Cabildo se declaró «completamente ajeno» y los Capellanes Reales protestaron por la falta de autorización. Sus investigaciones atribuyeron la intervención a José Ordóñez, a petición de José Sebastián y Bandarán, Mayordomo de la Capilla Real de San Fernando El día 22, en varios medios, este publicó la carta «¡Pidiendo perdón!»; asumiendo la responsabilidad, sin citar al escultor, defendió que no hubo «restauración» —«emplastecimiento y repinte total»—, sino una simple «reparación» de «dos pinceladas», realizada por manos expertas para evitar el apolillamiento de la imagen.


La Comisión de Monumentos, a la que Montoto pertenecía, basándose en el Decreto Ley del Tesoro Artístico Arqueológico Nacional, publicado aquel día 15, consideró la Virgen un Bien de Interés Nacional y la sometió al dictamen de Alfonso Grosso, Manuel Delgado Brackembury y Adolfo López que concluyeron que, al no haberse empleado emplaste ni estuco, sino veladuras de color diluidas en aguarrás, la intervención era reversible. Aún siendo mínimo el daño material, Ordóñez fue amonestado por la falta de transparencia y el incumplimiento de los protocolos exigidos para los monumentos nacionales, y Bandarán apartado de su cargo en la Real Capilla entre septiembre y diciembre de aquel año.


El caso de las «dos pinceladas» dejó lecciones indelebles: la necesidad de transparencia documental, el papel de la prensa como vigilante de la herencia colectiva y el avance hacia una restauración científica basada en el respeto a la integridad histórica de la imagen.


Cien años después, aquellas «dos pinceladas» siguen planteando una pregunta: cuando restauramos una imagen histórica, ¿qué conservamos realmente: su materia, su apariencia, las huellas del tiempo o la imagen que generaciones han aprendido a reconocer?


Sevilla, a 15 de agosto de 2026 



 

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