Matar moscas a cañonazos decapadores
- Amparo Graciani
- 4 ago
- 11 min de lectura
Actualizado: 6 ago
La limpieza de choque no puede sustituir a una política de conservación de los pavimentos urbanos
Amparo Graciani
Una ciudad no se conserva limpiando con más fuerza, sino ensuciándose menos y manteniéndola limpia. Cuando se necesita recurrir a maquinaria de alta presión y agua caliente para recuperar el aspecto de sus calles, la primera reacción podría ser celebrar la inversión. En efecto, hay motivos para hacerlo; nadie puede discutir la utilidad de las seis decapadoras de agua caliente (a temperaturas cercanas a los 90 ºC) y alta presión (hasta 250 kg/cm²) que Lipasam acaba de incorporar a su flota para reforzar la limpieza profunda de los pavimentos de Sevilla y eliminar grasas, restos orgánicos, chicles, orines y deposiciones, manchas persistentes y suciedad incrustada que un baldeo convencional difícilmente consigue retirar. La inversión ha sido de más de 1,7 millones de euros, lo que en cualquier caso no es nada frente a los catorce millones de euros empleados (parece que con poco éxito) en reforzar la seguridad informática de los sistemas municipales.

Sin duda, las decapadoras constituyen una herramienta extraordinariamente eficaz cuando la suciedad ha alcanzado un nivel tal que los sistemas ordinarios de limpieza ya no resultan suficientes. Y, desgraciadamente, hay demasiados lugares de Sevilla donde eso ocurre porque durante más de tres años el mantenimiento y la limpieza, no es que haya sido claramente insuficiente, es que ha brillado por su ausencia en demasiados sitios, hasta el punto de que muchos pavimentos presentan un grado de suciedad que ya no puede resolverse con los simples y rápidos baldeos a los que en estos años el Ayuntamiento nos ha tenido acostumbrados. Desde luego, hacerlo como lo hacen los ciudadanos que, ante la inacción municipal, han asumido esta responsabilidad (es decir, con agua, cepillos y detergentes y fuerza y empeño, y en ocasiones con alguna hidrolimpiadora Hätcker) ya sería imposible para Lipasam en el tiempo record que el alcalde, desde sus planteamientos electoralistas, desea imponer. De no haber llegado a este punto, en que la mugre se ha incrustado en el poro de los materiales y la recuperación exige actuaciones extraordinarias, los métodos tradicionales hubieran servido, y este despilfarrador ayuntamiento nos hubiera ahorrado este gasto del que ahora tanto presume.
El problema no son las máquinas. El problema es haber llegado a necesitarlas de manera tan generalizada ya que una limpieza de choque nunca debería convertirse en la forma habitual de mantener una ciudad. Las actuaciones intensivas son, por definición, extraordinarias. Su finalidad es recuperar situaciones excepcionales, no sustituir al mantenimiento continuo. Si, como me temo, la excepción acaba convirtiéndose en norma, el éxito ya no consiste en disponer de mejores máquinas, sino en preguntarse por qué se ha permitido que los pavimentos alcanzaran ese grado de deterioro. Sin embargo, hay otra cuestión que resulta todavía más importante y sobre la que, sorprendentemente, nadie habla.
Una decapadora no es una manguera
La imagen que transmiten los vídeos propagandísticos (demasiado “animosos” por cierto) difundidos estos días por la delegada Evelia Rincón, y por los perfiles oficiales de los distintos distritos parece sencilla. Dicen que cuando la máquina pasa la suciedad desaparece, aunque en realidad y al decir de los vecinos, en muchos casos, el resultado deja mucho que desear.
La verdad es que, detrás de esa aparente simplicidad existe un procedimiento técnico mucho más complejo. Una decapadora no es una simple máquina de agua a presión. Combina varios factores al mismo tiempo: temperatura elevada del agua; alta presión; acción mecánica mediante cepillos; detergentes específicos cuando son necesarios y velocidad de avance cuidadosamente controlada. Cada uno de esos parámetros modifica la intensidad del tratamiento y precisamente por eso no todos los pavimentos admiten la misma intervención.
La decapadora no actúa de forma aislada. El procedimiento se debe completar con un equipo específico de baldeo de alta presión atendido por dos operarios cuya misión consistiría en rematar el trabajo realizado por la máquina. Ese detalle resulta fundamental porque el tratamiento no termina cuando la decapadora desprende la suciedad ya que en realidad, es entonces cuando debería empezar la segunda parte del proceso. La suciedad desprendida queda mezclada con el agua utilizada durante la limpieza. Si esa agua permanece sobre el pavimento, parte de las partículas puede volver a depositarse sobre la superficie conforme se evapora, especialmente en materiales porosos o en zonas donde el drenaje es deficiente.
Por eso los protocolos habituales de este tipo de limpieza incluyen varias operaciones sucesivas: retirada inmediata del agua residual, conducción del agua hacia los husillos o puntos de evacuación, aspiración cuando el sistema lo requiere, aclarado final para eliminar restos de detergente y partículas en suspensión y comprobación del resultado obtenido.
La decapadora es únicamente una parte del procedimiento y no el procedimiento completo. Y aquí me surge una primera duda. En los numerosos vídeos difundidos durante estos días no se aprecia esa segunda fase del tratamiento. Se observa el paso de la máquina y abundante agua cubriendo el pavimento. Pero no resulta evidente la retirada inmediata del agua residual ni el remate posterior del tratamiento. Tampoco se aprecia que esa agua sea conducida hacia los husillos. Es posible que esas operaciones se realicen unos minutos después. Ojalá sea así pero entonces sería conveniente explicarlo. Cuando una Administración convierte la limpieza en un elemento de comunicación pública debería mostrar el procedimiento completo y no únicamente la parte más espectacular. Esta idea me lleva a exponer que el verdadero problema no es la máquina sino el pavimento.
Los pavimentos también tienen memoria
Para la mayoría bastaría con que el suelo estuviera limpio. Sin embargo, cualquier arquitecto especializado en restauración o cualquier conservador del patrimonio sabe que un pavimento es mucho más que una superficie sobre la que caminamos. Es un material constructivo, como cualquier otro material envejece, se erosiona, pierde espesor, abre sus poros, se fisura y se desgasta.
Cada limpieza, incluso cuando está perfectamente ejecutada, supone una interacción física y química con ese material. Por eso, en conservación, la primera pregunta nunca es cómo limpiar sino qué estamos limpiando.
No todos los pavimentos son iguales
Cuando observamos los vídeos difundidos por el Ayuntamiento vemos una misma máquina actuando sobre calles y plazas que son de naturaleza muy distinta. En unos casos trabaja sobre plataformas únicas; en otros, sobre adoquinados; en otros, sobre losas pétreas o pavimentos de piedra natural. La imagen transmite una idea muy sencilla: una máquina sirve para todo. Pero la realidad técnica es exactamente la contraria. Ni existe un único sistema de limpieza válido para todos los pavimentos no debería existir.
Más aún en el caso de una ciudad histórica como Sevilla que posee un patrimonio extraordinariamente complejo desde el punto de vista constructivo. Conviven en ella pavimentos de granito, adoquines de distintas épocas, calizas, mármoles, losas pétreas, hormigones, plataformas únicas de reciente construcción, empedrados tradicionales, revestimientos cerámicos y numerosos materiales que presentan comportamientos completamente distintos frente a la acción del agua, la temperatura, la presión y la abrasión mecánica.
No responde igual un granito compacto que una piedra caliza. No responde igual un adoquín con juntas recientemente ejecutadas que otro asentado hace décadas. Tampoco un pavimento histórico que uno construido hace apenas unos meses. Tampoco un suelo con una buena evacuación del agua que otro donde la modificación de las pendientes originales favorece el estancamiento como tantos casos que, tal hemos comprobado, existen en Sevilla tras las últimas intervenciones.
Sin embargo, los vídeos institucionales ofrecen la impresión de que la misma solución sirve para cualquier pavimento. Por eso, me pregunto: ¿Existe un protocolo específico para cada tipo de pavimento considerando los numerosos parámetros que estas permiten modificar? Es evidente que son muchas las variables que determinan la agresividad del tratamiento y todas deberían adaptarse al soporte sobre el que se actúa: presión, temperatura, caudal, velocidad de avance, tipo de cepillo, utilización o no de detergentes, frecuencia de aplicación...
Lo que dice la conservación del patrimonio
Desde hace décadas los organismos internacionales dedicados a la conservación del patrimonio vienen insistiendo en una misma idea. La limpieza nunca puede entenderse como una operación aislada, sino que forma parte de la conservación. Y, precisamente por eso, debe regirse por criterios científicos.
El primero de ellos es el principio de mínima intervención, que, desde el planteamiento de la Conservación Preventiva no consiste en intervenir poco sino únicamente lo necesario. Esto, aplicado a la limpieza significa algo muy sencillo: debe emplearse siempre el método menos agresivo capaz de conseguir el resultado perseguido. O sea que, antes de recurrir a un tratamiento intensivo, deben agotarse las soluciones más suaves. Cuando éstas resultan insuficientes, entonces sí procede aumentar progresivamente la intensidad, pero siempre justificándolo, nunca por rutina.
El segundo principio es la compatibilidad entre el tratamiento y el material. No existe una presión válida para todos los pavimentos, ni una temperatura, ni un mismo cepillo, ni tampoco una misma frecuencia de actuación. Cada material exige un estudio previo y eso implica conocer su dureza, su porosidad, su estado de conservación, la resistencia de sus juntas, la presencia de fisuras, los tratamientos anteriores e incluso la naturaleza de la suciedad que se pretende eliminar. No se limpia igual una costra negra de contaminación que un residuo graso; no se actúa igual sobre un mármol pulido que sobre un granito flameado, ni sobre una piedra centenaria que sobre un hormigón recién ejecutado.
Primero se ensaya y después se limpia
Existe otra práctica habitual en conservación. Antes de intervenir sobre un conjunto amplio se realizan ensayos previos, pequeñas zonas de prueba en las que se modifican presiones; se ajustan temperaturas; se cambia el tipo de cepillo; se analiza el resultado; se comprueba que no existe pérdida de material, que no se modifican las texturas y que no aparecen diferencias cromáticas. Sólo entonces se extiende el procedimiento al resto de la superficie.
Sería interesante conocer si este protocolo de ensayos se está aplicando también en Sevilla, porque hasta ahora lo que el ciudadano ve son vídeos propagandísticos, pero no recibe la información técnica que necesariamente debería acompañarlos.
Limpiar no puede significar desgastar
Toda limpieza produce un siempre un efecto sobre el material. La cuestión no es si existe o no y si ese efecto es compatible con la conservación a largo plazo. Cada intervención elimina suciedad, pero también produce un desgaste, aunque sea mínimo. Por eso las limpiezas intensivas no pueden convertirse en un tratamiento habitual. Su propia naturaleza las convierte en actuaciones excepcionales. Cuanto mejor funciona el mantenimiento ordinario menos necesario resulta recurrir a ellas. Y precisamente ahí aparece la gran contradicción de Sevilla.
El Ayuntamiento presenta hoy como un éxito la incorporación de unas máquinas extraordinarias aunque el verdadero éxito habría sido no necesitarlas de manera tan generalizada porque una ciudad correctamente mantenida no necesita recuperar de golpe lo que nunca debió dejar deteriorarse.
El caso de Sevilla
Todo esto adquiere una dimensión especial cuando se observa cuál ha sido la política municipal respecto a los pavimentos durante los últimos tres años. No hablamos únicamente de limpieza, hablamos de conservación. Y ahí los antecedentes invitan, como mínimo, a la prudencia.
La ciudad presenta numerosos ejemplos de hundimientos, cejas, roturas, levantamientos de piezas y deterioros. Los adoquinados de reciente ejecución han sido objeto de críticas por la calidad de algunas de sus juntas, excesivamente anchas e impropias de un pavimento de estas características. Las nuevas plataformas únicas han modificado en muchos casos el funcionamiento tradicional del drenaje urbano. La desaparición de peraltes o su incorrecta ejecución favorece el encharcamiento y altera la forma en la que el agua circula por la superficie. Todo ello debería hacer aún más cuidadosa cualquier actuación de limpieza intensiva. Porque el agua utilizada por estas máquinas no desaparece por arte de magia; debe evacuarse correctamente y cuando el propio diseño del pavimento dificulta esa evacuación, el procedimiento requiere todavía mayor control.
La diferencia entre limpiar y conservar
La limpieza de una ciudad no puede medirse únicamente por el color que recupera un pavimento después de pasar una máquina ese es el resultado inmediato. Existe otro resultado mucho más importante que sólo se aprecia con el paso de los años. ¿Cómo envejecen esos pavimentos? ¿Mantienen su textura? ¿Conservan sus juntas? ¿Aparecen desgastes prematuros? ¿Se incrementan las necesidades de reparación?
La verdadera prueba de una política de mantenimiento no se supera el día que termina la limpieza sino diez años después. La conservación del patrimonio urbano exige pensar siempre a largo plazo, y precisamente por eso sorprende que el debate público se haya centrado casi exclusivamente en la adquisición de las nuevas máquinas y apenas se haya hablado del criterio técnico con el que van a utilizarse. Sabemos cuánto han costado. Sabemos cuántas se han comprado; sabemos la temperatura a la que trabajan; sabemos la presión que son capaces de alcanzar, pero seguimos sin conocer algo mucho más importante: ¿Cuál es el protocolo técnico que determina dónde, cuándo y cómo deben emplearse? ¿Hacia actuado el equipo de José Luis Sanz con suficientes luces largas, esas de las que tantas veces le sentimos carecer?
La limpieza también forma parte de la conservación y conservar significa conocer el material sobre el que se interviene. Significa adaptar cada actuación al soporte, entender que no todos los pavimentos responden igual. Significa aceptar que la rapidez nunca puede convertirse en el criterio principal cuando hablamos del espacio público de una ciudad histórica.
La prisa nunca ha sido buena consejera
Es comprensible que el actual alcalde quiera presentar una ciudad más limpia de cara a la festividad de la Virgen de los Reyes y al intenso calendario de finales del verano. Todos los sevillanos deseamos una ciudad limpia, así que nadie puede discrepar de ese objetivo. Sin embargo, también conviene recordar que ninguna administración puede recuperar en quince días lo que ha dejado deteriorarse durante más de tres años sin que ello plantee interrogantes.
Las actuaciones de choque tienen una enorme fuerza visual, ofrecen resultados inmediatos y permiten mostrar un antes y un después muy llamativo, pero también corren el riesgo de convertir la excepción en norma, aunque debemos recordar que la limpieza intensiva debería ser el último recurso, no el primero, porque cuando un pavimento necesita tratamientos cada vez más agresivos para recuperar su aspecto, probablemente el verdadero problema comenzó mucho antes, el día en que se dejó de mantener.
Las ciudades también se desgastan
Existe una idea profundamente equivocada. Pensamos que las ciudades se deterioran únicamente por el paso del tiempo, pero es cierto; las ciudades también se deterioran por la forma en que las cuidamos, o por la forma en que dejamos de cuidarlas.
Cada pavimento constituye una inversión pública, pero también forma parte de la memoria material de Sevilla. Sobre esas piedras han caminado generaciones enteras; muchas de ellas forman parte del paisaje urbano desde hace décadas. Otras acaban de ejecutarse y deberían durar muchos años. Todas merecen el mismo respeto.
Por eso resulta difícil comprender que en una ciudad que todavía mantiene calles con hundimientos, cejas, juntas deficientemente ejecutadas o pavimentos deteriorados se nos quiera ahora transmitir la imagen de una preocupación repentina por su conservación únicamente a través de la incorporación de nueva maquinaria. cuando la mejor política de limpieza nunca será la más espectacular sino aquella que consiga que la suciedad no llegue nunca a requerir tratamientos extraordinarios.
Las preguntas siguen esperando respuesta
Por eso debemos preguntarnos ¿Existe un inventario municipal que clasifique los distintos tipos de pavimentos de Sevilla? ¿Dispone Lipasam de protocolos específicos para cada uno de ellos ¿Se modifican realmente la presión, la temperatura, el tipo de cepillo y la velocidad de trabajo en función del soporte? ¿Se realizan ensayos previos antes de intervenir sobre superficies sensibles? ¿Se documentan esas actuaciones? ¿Se evalúan sus efectos a medio y largo plazo? ¿Se coordina Lipasam con la Gerencia de Urbanismo y con los servicios responsables del patrimonio cuando las intervenciones afectan a espacios históricos?
Responder afirmativamente a todas estas cuestiones reforzaría enormemente la confianza de los ciudadanos, porque nadie discute la necesidad de limpiar; lo que se pide es la certeza de que esa limpieza responde a un criterio técnico y no únicamente a la necesidad de obtener una imagen impactante.
El problema no es la máquina; es el modelo de ciudad
Las nuevas decapadoras son una magnífica herramienta. Lo eran hace cuatro años y lo siguen siendo hoy. Sería absurdo cuestionar una tecnología que ha demostrado su eficacia para recuperar pavimentos profundamente deteriorados, pero una herramienta nunca sustituye a una política y una política de conservación no empieza cuando llega una máquina.
Empieza mucho antes; cuando se programa el mantenimiento ordinario; cuando se reparan a tiempo las juntas de un adoquinado; cuando se corrigen los hundimientos antes de que aumenten; cuando se evita el paso de maquinaria pesada por espacios monumentales; cuando se fiscaliza con rigor la ejecución de los nuevos pavimentos; cuando se respetan los peraltes que garantizan una correcta evacuación del agua; cuando se entiende que un pavimento histórico no es únicamente un soporte sobre el que caminamos, sino un elemento patrimonial que también merece ser conservado.
Porque una ciudad histórica no se construye todos los días, pero sí puede deteriorarse un poco cada día. Y ésa es, quizá, la reflexión más importante de todas. No se trata de discutir una máquina, ni siquiera de discutir una inversión. Se trata de decidir qué modelo de ciudad queremos. Uno que actúe únicamente cuando la suciedad se hace insoportable, o uno que entienda que el verdadero éxito consiste en que las actuaciones de choque sean cada vez menos necesarias.
Las decapadoras son una excelente noticia. Ojalá llegue el día en que apenas haya que utilizarlas, porque eso significará que Sevilla habrá recuperado algo mucho más valioso que el color de sus pavimentos: la cultura del mantenimiento.
Sevilla a 5 de agosto de 2026



Comentarios