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Picar la piedra no es construir ciudad

  • Foto del escritor: Amparo Graciani
    Amparo Graciani
  • 23 feb
  • 5 min de lectura

Actualizado: 24 feb

Una irregularidad mínima no es irrelevante: es un riesgo


Amparo Graciani


Lo que está ocurriendo estos días en la Campana no es anecdótico; es la manifestación visible de una manera de entender —o de no entender— la construcción de la ciudad. Se están picando masivamente adoquines de granito de Gerena, recién colocados —y no precisamente con esmero— con el objeto de eliminar restos demasiado evidentes de pintura vial.


Desde hace semanas, y entre no pocos comentarios jocosos de una ciudadanía asombrada y desconcertada, el pavimento ofrece un inesperado muestrario cromático, con cierto predominio de los tonos vaticanos, como si hubiera decidido ensayar una iconografía propia antes de ser corregido a martillazos.




Los adoquines son reciclados y presentan restos de pintura acrílica de alto espesor o termoplástica aplicada en caliente, formulada precisamente para resistir tráfico, abrasión y desgaste. Es decir, no estamos ante manchas superficiales sino ante materiales concebidos para durar.


Conviene aclararlo: el reciclaje no es el problema. Reutilizar —acarrear piezas, en terminología clásica— es una tradición inteligente por economía, sostenibilidad y respeto a la herencia material. En la Historia de la Construcción el reaprovechamiento ha sido constante. El magnífico mihrab de la Mezquita de Córdoba incorpora materiales de acarreo con admirable naturalidad, y la propia Sevilla ofrece numerosos ejemplos donde el expolio o el reciclaje de lo antiguo devino integración virtuosa.


La cuestión no es reaprovechar. Es saber qué se reaprovecha y cómo se prepara. Seleccionar, clasificar y tratar previamente el material antes de incorporarlo a obra es un principio elemental de cualquier proceso constructivo serio. Nadie pone a la venta cerezas sin calibrarlas. Nadie expone tomates sin descartar los dañados. ¿Por qué en la ciudad aceptamos menos control que en una frutería?


Resulta evidente que, con esta "fiebre adoquinadora" que parece haberse instalado en el gobierno municipal, algún proveedor está haciendo su agosto. Con tanta demanda, se vende todo. Y cuando se vende todo, llegan demasiadas piezas con restos de pintura, tolerancias discutibles y controles relajados. Paradójicamente, el generoso engrosamiento de las juntas —que supone un ahorro considerable de material— tampoco ha servido para ocultar el problema.


La pregunta es inevitable: ¿por qué se pica ahora? ¿No existió selección previa? ¿Hubo problemas en la recepción de la obra? Lo cierto es que, una vez omitido el control inicial, la corrección llega después, a golpe de picola para eliminar la costra principal y luego ejecutar el acabado con cepillos de celdas metálicas. Y lo más sorprendente es que incluso se exhibe como prueba de diligencia en algunos medios, ante la mirada atónita de los muchos que aún creemos que construir es algo más que cubrir el suelo con piezas.


Ante esta circunstancia existían alternativas razonables: eliminación mecánica controlada antes de la colocación, fresado superficial en banco, limpieza a presión profesional o decapado específico para soporte pétreo. Todas comparten algo elemental: intervenir sobre la pieza antes de integrarla en el plano definitivo del pavimento. E incluso ya colocado, en opinión de expertos, con un compresor, un martillo neumático y una bujarda el trabajo hubiera sido más rápido y eficiente.


Por otra parte, lo que se está haciendo ahora —picar una vez ejecutado el conjunto— elimina la pintura, sí, pero introduce un problema mayor: altera la planeidad, rompe la homogeneidad superficial, reduce el espesor útil de la cara vista y puede generar microfisuras. Con cada impacto cambia la cota, cada pieza queda distinta. Y esas diferencias importan. No es cuestión de estética sino de mecánica.


Además, el picado no hará sino acentuar los problemas derivados del excesivo espesor de las juntas. Un pavimento de adoquines funciona por confinamiento lateral y contacto eficaz entre piezas. Cuando las juntas son demasiado anchas, el conjunto pierde trabajo solidario. Las piezas dejan de colaborar y comienzan a comportarse como elementos independientes. Aparecen basculamientos, cejas, pérdida de material de relleno, movimientos diferenciales. La incisión central que pretende afinar visualmente la junta no mejora la transmisión de cargas; solo simula el error, pero la física no atiende a recursos ópticos.


Esto no debería sorprendernos. Ya vemos piezas “bailando” en calles del centro con adoquinados ejecutados hace apenas tres años —y eso que tienen juntas más estrechas que las actuales—. De seguir así, dentro de tres o cuatro años el fenómeno será mayor. Si el alcalde repite mandato en 2027, en 2029, ese año tan señalado, tendrá una compañía de danza urbana extendida por el centro histórico, salvo llamativas excepciones como la calle Aponte, donde —curiosamente— se ha trabajado durante meses y el resultado es sensiblemente mejor. Luego, cuando se quiere, se puede. Pero claro, la ciudad está levantada y hay que tenerla para la Semana Santa.


Hace poco criticábamos la ausencia de tradición romana en el planteamiento de las plataformas únicas. Tal vez convenga retroceder aún más y acudir a la tradición griega. Los griegos, maestros indiscutibles de la cantería, ejecutaron numerosas obras de sillería a hueso, sin mortero. No ampliaban la junta para compensar la imprecisión; perfeccionaban la precisión para eliminarla. Desbastaban el sillar a cincel, lo asentaban sobre lechos de arena y lo rotaban hasta lograr contacto pleno. Entendían que la estabilidad no se obtiene separando las piezas, sino ajustándolas hasta que trabajen juntas. La buena cantería es ajuste, no relleno.


Un ejemplo cotidiano ayudará a los neófitos. Cuando un dentista realiza un empaste utiliza papel de articular —una fina lámina de carbono— para comprobar los puntos de contacto. “Muerda”, indica. El papel marca el exceso y el profesional ajusta hasta que la presión es homogénea. Porque una superficie que sobresale apenas un milímetro genera una molestia constante. En un pavimento ocurre lo mismo. Una irregularidad mínima, un punto alto, una arista mal resuelta, no son irrelevantes. Son focos de inestabilidad.


Y aquí la cuestión deja de ser exclusivamente técnica para convertirse en social. Las personas mayores no pisan con la misma capacidad de reacción que un adulto joven. Una leve basculación, un resalte de pocos milímetros, una pieza que oscila, puede traducirse en una caída. Y una caída a los ochenta años no es un contratiempo: en muchas ocasiones conlleva fractura, hospitalización, pérdida de autonomía. No hablamos de sanciones. Hablamos de sentido común.


En síntesis: reutilizar adoquines puede ser una decisión sostenible o necesaria, pero la sostenibilidad exige rigor: preparar la pieza antes de colocarla, controlar la base, garantizar la compactación, ajustar con precisión, ejecutar juntas proporcionadas y verificar la planeidad de forma sistemática.


El picado actual no es una solución ejemplar; es la consecuencia visible de decisiones previas apresuradas. Parece que para nuestros gestores la ciudad es un decorado susceptible de retoques infinitos. Pero no; es una infraestructura cotidiana que soporta miles de pasos diarios. Cada junta mal ejecutada, cada asiento, cada cota es una decisión que afectará durante décadas, más aún en un contexto donde el mantenimiento no suele ser precisamente intensivo. Es un gasto inútil y malversado.


Conviene recordarlo: construir no es maquillar. Construir exige previsión, ajuste y control. Trabajar la piedra, desde Grecia hasta hoy, sigue pidiendo lo mismo: precisión, continuidad y respeto por quien la pisa. Y la pisa el ciudadano. Nos están tomando el pelo.



Sevilla, a 23 de febrero de 2026.

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