Tonto es el que hace tonterías
- Amparo Graciani
- 17 feb
- 3 min de lectura
Ir al cine siempre es una buena idea, alcalde. También en política.
Amparo Graciani
La frase “Tonto es el que hace tonterías” aparece varias veces en Forrest Gump. La primera vez, Forrest es apenas un niño; tiene dificultades de aprendizaje, los demás se burlan de él y le preguntan si es tonto. Él, con esa inocencia desarmante que caracteriza al personaje, repite lo que su madre le ha enseñado: no es tonto quien recibe la etiqueta, sino quien actúa sin sentido. No era una burla. Era una lección moral.
Al alcalde de Sevilla, José Luis Sanz, parece gustarle especialmente esa frase. Se la hemos escuchado en el pleno municipal dirigida al anterior alcalde, Antonio Muñoz. Ya entonces sonó innecesaria. Poco institucional. Más ingenio de confrontación que argumento. Grosera, la verdad. Un retrato del emisor.
Pero lo preocupante no fue aquella escena parlamentaria. Lo preocupante es que ahora la expresión se reitera en medio del conflicto por los aparcamientos rotatorios, cuando varios informes técnicos de la Junta de Andalucía — de las Consejerías de Cultura y Medio Ambiente— cuestionan el proyecto. Aquí la cita pierde definitivamente su sentido original.
Porque en la película la frase servía para dignificar al que era subestimado. En el Salón Colón, se usó primero para desacreditar a un adversario político y ahora se proyecta sobre técnicos cuya función no es aplaudir proyectos, sino evaluarlos con independencia. Ese es el verdadero problema estructural que ya señalé en mi anterior tribuna: cuando la discrepancia técnica se convierte en afrenta política, la institución se resiente.
Repetir una frase puede tener efecto retórico, aunque gracia sevillana tiene poca. Qué le vamos a hacer; ya sabemos que al olmo, peras no se le pueden pedir. Pero cuando la frasesita se repite ante cada informe incómodo, empieza a parecer que sustituye al razonamiento. Y gobernar no es tener la réplica más celebrada; es sostener las decisiones con datos, argumentos y respeto a los procedimientos.
La ciudad ya ha vivido este verano decisiones controvertidas, costes discutidos y prioridades cuestionadas. Pocas imágenes han definido tanto un mandato como aquella del tranvía, el Metrocentro, avanzando "bajo palio" por la avenida de la Constitución; esa que —pareciendo desafiar el sentido común— se convirtió en viral en cuestión de horas, recorrió redes sociales, abrió informativos y proyectó una imagen burlesca de la ciudad que trascendió Sevilla. No hizo falta argumentario político. La escena hablaba por sí sola. En ese caso, no fue la oposición quien construyó el relato sino la misma imagen. Para muchos ciudadanos fue la representación visual de una “tontería” elevada a política pública. No fue una discrepancia ideológica, ni un matiz técnico, sino un símbolo icónico de la mayor tontería posible. Y los símbolos, cuando se fijan en el imaginario colectivo, pesan más que cualquier defensa posterior. Aquella estampa parecía confirmar, de forma involuntaria, el sentido literal de la frase tantas veces pronunciada en el pleno. Y ahí está la paradoja: cuando las decisiones generan símbolos que circulan solos por redes y televisiones, el problema ya no es de comunicación. Es de criterio.
Si a eso se suma ahora la tensión con los propios funcionarios, la sensación que queda no es de firmeza, sino de fragilidad institucional.
Quizá, ya que estamos en el terreno cinematográfico, al alcalde le convendría ampliar la cartelera. Volver a ver Forrest Gump, sí. Pero no para repetir una frase ingeniosa en el pleno, sino para recordar su sentido original: que uno es lo que hace. Tal vez también recuperar La sandalia del pescador, donde el ejercicio del poder se presenta como una carga moral, no como un espacio para el sarcasmo; allí la autoridad se mide en prudencia, en conciencia y en respeto institucional. Y, por qué no, asomarse a El instante más oscuro, donde Winston Churchill no aparece como un hombre de frases brillantes, sino como un dirigente que escucha, duda, consulta y comprende que cada decisión tiene consecuencias.
Ir al cine siempre es una buena idea, alcalde. También en política. Porque la inteligencia pública no consiste en encontrar el calificativo más repetido, sino en ejercer el poder con coherencia. Y porque, al final, como enseñaba aquella primera película, no somos lo que decimos en el pleno. Somos lo que hacemos con la ciudad. Y en Sevilla, más allá de los eslóganes, lo que permanece —para bien o para mal— son los actos.
Sevilla, a 17 de febrero de 2026.




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