La Lechera. Una fórmula educativa entre Disney y Vermeer
- Amparo Graciani
- 24 may
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Durante demasiado tiempo se ha educado más para obedecer que para construir ciudadanía
Amparo Graciani
No sé cuál es la solución definitiva al deterioro social que contemplamos cada día. Desconfío de quienes aseguran poseer recetas mágicas para arreglar sociedades complejas, heridas por décadas de conformismo, clientelismo y degradación institucional. Tampoco creo que exista una ley milagrosa, un partido providencial o un líder capaz de corregir por sí solo una cultura cívica erosionada lentamente durante generaciones. Pero sí sospecho dónde está una de las raíces del problema: en la educación moral y social que hemos dejado de transmitir.
La normalización de la mediocridad
Nos hemos acostumbrado peligrosamente a convivir con la mediocridad pública. La corrupción ya apenas sorprende; la falta de ejemplaridad se relativiza; el deterioro urbano, educativo e institucional termina asumiéndose como si formara parte inevitable del paisaje. Y quizá lo más inquietante sea precisamente eso: que una parte de la sociedad haya dejado incluso de creer posible exigir algo mejor.
A mí, afortunadamente, no me educaron así. Lo hicieron desde la perspectiva cristiana, con los principios y valores de Mary Ward, que, ligados al esfuerzo, la conciencia crítica y la responsabilidad personal, difícilmente encajan con esta resignación colectiva.
Tal vez ahí resida una parte esencial del problema: durante demasiado tiempo se ha educado más para obedecer que para construir ciudadanía. Hemos confundido educación con simple instrucción; formación con cumplimiento mecánico de normas; disciplina con sumisión; y conocimiento con acumulación de datos. Pero educar no debería consistir únicamente en producir individuos funcionales, sino ciudadanos capaces de pensar, decidir y asumir responsabilidades. Y eso no es lo mismo.
La Universidad y la formación cívica
Es evidente que la educación en valores comienza en casa, pero no termina en el ámbito familiar. La escuela, el instituto y también la Universidad participan inevitablemente en la formación moral y cívica de una sociedad. Por ello, esa responsabilidad es competencia de todos: familias, docentes, instituciones y referentes públicos.
No quiero olvidarme de la responsabilidad que los profesores universitarios tenemos en esta deriva. Hemos terminado formando para aprobar, competir, producir o alcanzar metas profesionales, pero no necesariamente para convivir, sostener instituciones sanas o asumir deberes colectivos. Educar en la Universidad no significa solo transmitir conocimientos técnicos o preparar para un mercado laboral competitivo; significa también formar personas con criterio, honestidad intelectual y compromiso con lo común. Una sociedad puede estar llena de titulados, másteres y expertos, y aun así padecer una profunda enfermedad cívica. De hecho, algunas de las mayores irresponsabilidades públicas no nacen precisamente de la ignorancia, sino de una formación brillante vaciada de ética y conciencia social.
Quizá, en casa y en los centros educativos, necesitemos recuperar otra forma de educar a nuestros niños y a nuestros jóvenes. Una educación menos obsesionada con el éxito inmediato, la hipercompetencia y la recompensa instantánea, y mucho más preocupada por formar ciudadanos íntegros. Una educación que enseñe que no todo vale; que el esfuerzo sigue importando; que la honestidad no debería convertirse en una extravagancia moral; y que la autocrítica no es debilidad, sino una de las virtudes más necesarias en una democracia madura.
Una educación “LECHERA”
Meditando sobre qué valores considero que deberíamos promover, voy a intentar expresarlo “a lo María Graciani”; es decir, resumiendo mi ideal educativo y cívico, mediante un acrónimo conceptual de carácter semántico y divulgativo, que condense ideas complejas (los valores de ese ideal) para invitar a la reflexión y, sobre todo, contribuir a que padres y docentes los fijemos en la memoria colectiva; lo hago con la esperanza de que, inculcando estos valores, quizá todavía podamos transformar nuestra sociedad.
Una imagen, al estilo Disney, para niños y un cuadro de Vermeer para universitarios permitirán ilustrar estos conceptos. Retengámoslas en la retina.

Imagen IA

La Lechera de Johannes Vermeer (h. 1658-1660) (Rijksmuseum, Ámsterdam).
Quizás así no olvidemos que La Lechera, además de una marca, puede ser una forma de educar. Les propongo inculcar la idea de una educación LECHERA, que sea "la leche". Lo más. una propuesta simbólica basada en la Libertad, el Esfuerzo, el Compromiso, la Honestidad, la Excelencia, la Responsabilidad y la Autocrítica como pilares esenciales para formar ciudadanos verdaderamente plenos y conscientes. No resolvería todos nuestros problemas, desde luego. Pero quizá ayudaría a que las próximas generaciones dejaran de aceptar como normal aquello que nunca debió serlo.
Libertad, porque una ciudadanía sumisa nunca construirá una democracia madura.
Esfuerzo, porque la cultura del mérito ha sido sustituida demasiadas veces por la de la inmediatez y el privilegio.
Compromiso, porque una comunidad no puede sostenerse solo sobre derechos individuales desligados de deberes compartidos.
Honestidad, porque sin ética pública y privada todo termina pudriéndose lentamente.
Excelencia, porque conformarse permanentemente con lo mediocre acaba convirtiendo la decadencia en costumbre.
Responsabilidad, porque siempre resulta más fácil culpar al sistema que preguntarse qué hacemos cada uno para mejorarlo.
Y Autocrítica, porque ninguna persona madura verdaderamente sin la capacidad de revisarse a sí misma, como tampoco ninguna sociedad progresa si convierte el sectarismo en identidad y la crítica en traición.
Quizá parezca ingenuo. Tal vez incluso suene excesivamente simple para tiempos tan complejos. Pero todas las sociedades que admiramos comparten algo elemental: una cultura cívica fuerte transmitida desde la infancia. Ningún país funciona únicamente gracias a sus leyes; funciona porque existe una masa crítica de ciudadanos educados en determinados valores compartidos.
Nosotros, en cambio, llevamos demasiado tiempo educando en la dependencia emocional del poder, en el cortoplacismo, en la sospecha hacia el mérito y en la infantilización permanente del ciudadano. Y luego nos sorprendemos de que proliferen dirigentes mediocres, instituciones débiles o sociedades incapaces de reaccionar ante la degradación.
No sé si la solución es la educación LECHERA. Ojalá los problemas colectivos fueran tan fáciles de resolver con un acrónimo. Pero sí creo que ninguna regeneración será posible sin una transformación educativa y moral profunda. Porque al final las sociedades no se derrumban solo por la corrupción de unos pocos, sino también por la renuncia cívica de muchos. Y no olvidemos que sin Libertad, Esfuerzo, Compromiso, Honestidad, Excelencia, Responsabilidad y Autocrítica poco vamos a avanzar como sociedad.
Sevilla, a 25 de mayo de 2026



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