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La corrupción que toleramos todos

  • Foto del escritor: Amparo Graciani
    Amparo Graciani
  • 24 may
  • 3 min de lectura

Entre el hartazgo ciudadano, la picaresca cotidiana y una clase política cada vez más alejada de la realidad social



Amparo Graciani



La indignación se ha convertido en una rutina nacional. Una sale a la calle y contempla una ciudad deteriorada, degradada, con servicios discutibles y problemas enquistados; enciende la televisión y aparece otro escándalo político, otra trama, otro episodio de corrupción que ya ni siquiera sorprende, pese a su dimensión: el caso ZP. Cambian las siglas, los nombres y los protagonistas, pero el mecanismo es siempre el mismo. Ahora en una escala ciertamente abrumadora; vergonzante. Hoy toca indignarse por un caso; mañana llegará otro y ante la escala que nos ocupa, ese -el nuevo- parecerá menor, aun sin serlo.


Y mientras asistimos al espectáculo con gesto escandalizado, quizá convendría reconocer una verdad incómoda: el problema no pertenece únicamente a quienes gobiernan, sino también a una sociedad demasiado acostumbrada a tolerar la trampa. Incluso, en demasiadas ocasiones, a justificarla o participar de ella, siempre que se deje de ser mero espectador para convertirse en beneficiario o agente activo. Porque la corrupción no prospera solo por quienes la ejecutan, sino también por quienes la normalizan, la silencian o la aceptan mientras les reporte alguna ventaja.


La corrupción en España no nace únicamente en los grandes despachos ni en los consejos de administración. Existe también una pequeña corrupción cotidiana, asumida casi como una tradición popular. El que cobra en negro “porque no le queda otra”, el que enchufa a un familiar, el que utiliza un cargo menor para favorecer a los suyos, probablemente haría exactamente lo mismo a gran escala si dispusiera de más poder. La diferencia no siempre es moral; muchas veces es simplemente de oportunidades. Lo vemos en todos lados, en todas las administraciones; y quien no lo ve, es porque no quiere verlo.


Nos llevamos las manos a la cabeza ante los grandes titulares, pero rara vez miramos hacia nuestro propio entorno. Y, sin embargo, el problema está ahí: en el silencio cómplice, en la indiferencia, en el miedo a denunciar, en la manipulación, en la comodidad de mirar hacia otro lado. También en esa picaresca tan celebrada culturalmente que ha terminado por confundirse con inteligencia. El Lazarillo de Tormes sigue siendo, siglos después, una metáfora demasiado vigente: si uno se come las uvas de dos en dos y el otro calla, es porque él se las come de tres en tres.


Mientras tanto, la distancia entre la vida real de los ciudadanos y la de muchos dirigentes políticos resulta cada vez más obscena. Hablan un idioma distinto, viven preocupaciones distintas y parecen convencidos de que la sociedad soportará cualquier cosa. Los ciudadanos importan poco más allá del momento de depositar el voto. Y quizá el verdadero peligro sea precisamente ese: la sensación creciente de que la política ya no representa a nadie salvo a sí misma.


No extraña que aumente el hartazgo. El día que la sociedad decida rebelarse contra esta dinámica, pocos podrán fingir sorpresa. Porque el descrédito no lo construye un solo partido ni un único escándalo; lo construye una cadena interminable de abusos, privilegios y cinismo compartido.


Frente a todo eso, muchos optan por refugiarse en lo único que aún les pertenece: su trabajo, sus proyectos, su pequeña parcela de dignidad.


Yo, por mi parte, apago la televisión y sigo aquí, aun siendo domingo, escribiendo un libro que evidentemente no me dará dinero. Continuaré trabajando y mirando adelante pese al desencanto; mientras, en mis momentos Kit-Kat, protestaré insistentemente en redes, aunque sin convertir la indignación en una forma de vida, porque, aunque para muchos pueda parecer excesivo, no nace tanto del amargor como de una necesidad casi terapéutica. Me limitaré a compartir y apoyar a quienes denuncian la corrupción, venga de donde venga y tenga el color político que tenga. Tal vez parezca ingenua. Pero quizá sea precisamente en esa obstinación por seguir haciendo las cosas con honestidad, cuando alrededor parece imponerse justo lo contrario, donde aún sobrevive una mínima esperanza.


Sevilla, a 24 de mayo de 2026

Domingo de Pentecostés

(qué mejor día para meditar sobre esto. A ver si nos ilumina el Espíritu).




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