Jaime de Vicente y los puentes invisibles
- Amparo Graciani
- hace 5 días
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Actualizado: hace 1 día
Ante la Virgen de la Antigua, una oración por quien dedicó su vida a unir las dos orillas del Atlántico
Amparo Graciani

Composición IA. Amparo Graciani
Hoy he rezado por el alma de un amigo. Ayer lo hice en Huelva. Hoy, en Sevilla, postrada ante la Virgen de la Antigua, esa advocación centenaria a cuyos pies se encomendaron navegantes, descubridores y hombres que un día se dispusieron a cruzar el océano para unir dos orillas del mundo. Ante la misma imagen que contemplaron quienes soñaron con Iberoamérica cuando aún era una promesa en el horizonte.
Al entrar en la Catedral y pasar junto al sepulcro de Colón, no he podido evitar pensar en cómo la vida de Jaime de Vicente había sido una honra permanente a la de aquel hombre grande y cómo la Virgen de la Antigua debió guiar sus pasos y acompañarle en su periplo.
Jaime también fue, a su manera, un navegante. No de mares, sino de culturas. No de océanos, sino de afectos. No de rutas trazadas sobre mapas, sino de caminos abiertos entre personas, instituciones y pueblos que aprendieron a encontrarse gracias a su empeño.
Hay hombres que pasan por la vida dejando apenas una huella. Y hay otros, como Jaime, que construyen puentes. Fue un hombre extraordinario, de espíritu noble y alma sincera. De esos que poseen el raro don de unir sin imponer, de convencer sin levantar la voz, de crear espacios comunes donde otros solo perciben diferencias.
Su gran obra, el Otoño Cultural Iberoamericano, fue mucho más que una programación de actividades. Fue una patria compartida de la cultura. Un puerto abierto donde atracaron artistas, escritores, músicos, investigadores y soñadores de ambas orillas del Atlántico. Un lugar de encuentro levantado con paciencia, generosidad y una fe inquebrantable en el poder de la cultura para acercar a los seres humanos. Puso en ese proyecto su inteligencia, su tiempo, su ilusión y, sobre todo, su corazón. Puso piel y alma hasta el último aliento.
Con su marcha, el Otoño Cultural Iberoamericano queda huérfano de padre. Pero no queda huérfano de legado. Porque los hombres verdaderamente grandes no desaparecen cuando se marchan. Permanecen en aquello que ayudaron a construir. Siguen viviendo en las obras que dejan, en los vínculos que crearon y en la memoria agradecida de quienes tuvieron la fortuna de compartir camino con ellos.
Por eso hoy, mientras elevaba una oración ante la Virgen de la Antigua, daba gracias. Gracias por haber conocido a un hombre bueno. Gracias por su ejemplo de concordia en tiempos tan necesitados de entendimiento. Gracias por haber demostrado que la cultura puede ser un puente sólido entre pueblos, generaciones y sensibilidades distintas. Y gracias, desde Sevilla, por haber convertido a nuestra Huelva hermana en un lugar más abierto al mundo y más consciente de sus profundos lazos con Iberoamérica.
Ahora corresponde a todos aquellos a quienes Jaime logró reunir continuar la travesía. A las instituciones que caminaron junto a él. A las entidades que apoyaron sus proyectos. A los medios que difundieron sus iniciativas. A los artistas, intelectuales y ciudadanos que encontraron en el OCIb una casa común.
Que nadie permita que se apague la llama que él encendió. Que se siga recorriendo la senda que marcó desde el entendimiento y la concordia, desde el respeto mutuo y desde el amor a las culturas iberoamericanas.
Porque los navegantes terminan su viaje, pero las rutas que descubren permanecen abiertas para quienes vienen detrás; porque hombres como Jaime de Vicente Núñez no se marchan del todo. Simplemente alcanzan la otra orilla. Descansa en paz, Jaime y alienta nuestro camino, plagado de emociones, cariño y recuerdos.
En Sevilla, a 16 de junio de 2026



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