Las redes no engañan: la deriva de la Semana Santa de Sevilla
- Amparo Graciani
- 3 abr
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Actualizado: 4 abr
Existe una doble realidad: la que se muestra y la que se sufre.
Amparo Graciani
La evolución reciente de la Semana Santa de Sevilla invita a una reflexión profunda y, en muchos aspectos, preocupante. Lo que durante siglos ha sido una manifestación de fe, respeto y tradición parece estar derivando hacia comportamientos que desvirtúan su esencia.
Las redes sociales reflejan cada vez más imágenes que evidencian problemas profundos, consecuencia de la falta de educación y respeto por parte del público, tanto turistas como sevillanos, pero también —aun reconociendo la dificultad— de una gestión municipal sin duda bien mejorable y de la inacción del Consejo de Cofradías.
Pero las redes no solo muestran, también condicionan. Ofrecen una realidad que muchos no ven directamente, especialmente quienes viven la Semana Santa desde posiciones privilegiadas, alejadas de las dificultades de la calle. Sin embargo, también se han convertido en un espacio de confrontación constante, donde todo se sobredimensiona, se malinterpreta y se politiza. En ese contexto, los sevillanos que, desde una posición independiente y crítica, señalan comportamientos inapropiados, son con frecuencia cuestionados o atacados, como si toda crítica respondiera necesariamente a una afinidad política. Así, el debate se desvía y se desvirtúa, dificultando una reflexión honesta sobre los problemas reales.
Entre esas imágenes, circulan —y no de forma excepcional— escenas de personas tiradas en plena vía pública durante la Semana Santa, algo que hace no tanto tiempo habría resultado impensable. No hablamos de personas mayores —que por educación difícilmente incurrirían en estas conductas—, sino de jóvenes que, lejos de actuar como simples espectadores, forman parte activa de la celebración. Resulta especialmente llamativo cuando una joven vestida de mantilla, un Jueves Santo, se tumba en el suelo, o cuando un nazareno decide sentarse en un carril bici. Porque conviene recordarlo: los verdaderos nazarenos hacen su estación de penitencia. No están tirados en las calles ni los cofrades protagonizan escenas impropias. Hay una diferencia clara entre participar en una tradición y desvirtuarla.

A esta degradación del comportamiento se suman escenas cada vez más frecuentes que se sintetizan en una creciente banalización y desacralización de nuestra tradición por parte de muchas personas: macrobotellonas, personas comiendo y bebiendo en medio de las calles mientras esperan el paso de las procesiones, con bolsas y residuos abandonados en el suelo. Cortes indebidos del recorrido y del entorno. Y aquí conviene ser claros: el problema no es solo de quienes vienen de fuera. Ese postureo tan propio de la ciudad (que no en absoluto es nada nuevo) se ha prodigado con las redes, incidiendo en esa faceta de la Semana Santa para muchos más como un escaparate social que en una vivencia auténtica, que ahora más que nunca cobra tintes propagandísticos y politizados, en especial en estos preludios electorales.
En la experiencia cotidiana, además, se acrecientan los obstáculos: las vallas, los teléfonos móviles constantemente alzados que impiden ver los pasos, y personas que ocupan durante horas el espacio público con sillitas, apropiándose de zonas comunes como si fueran privadas. Todo ello contribuye a una sensación creciente de desorganización y pérdida de respeto colectivo.
Pero además, la experiencia de la Semana Santa se está fracturando. Quienes disponen de balcones privilegiados, palcos o accesos restringidos —incluidos responsables políticos— contemplan una Semana Santa ordenada, limpia y estética, lejos de las bullas, de los contenedores rebosantes o de las incomodidades de la calle. No es la misma Semana Santa que vive la gente de a pie.
Este fenómeno no puede entenderse sin tener en cuenta otro factor determinante: la creciente hiperturistificación de la ciudad. El aumento descontrolado de visitantes, unido a la proliferación de apartamentos turísticos en el centro histórico, está transformando profundamente Sevilla. Se vacían barrios de vecinos, se tensiona el espacio público y se prioriza el consumo frente a la convivencia. La Semana Santa no es ajena a este proceso: se convierte cada vez más en un producto para el visitante, mientras los propios sevillanos encuentran mayores dificultades para vivirla.
Existe, por tanto, una doble realidad: la que se muestra y la que se sufre. La imagen que ofrecen retransmisiones como las de Canal Sur, cuidadas y magníficas, proyecta una visión idílica de la Semana Mayor: belleza, emoción y recogimiento. Pero esa no siempre es la experiencia real de quienes están en la calle, sorteando aglomeraciones, suciedad y desorden.
De hecho, al margen de los sevillanos que huyen (o de los que, aun con dolor, prefieren, no venir), hay muchos sevillanos que optan por vivir la Semana Santa desde casa, a través de la televisión, o que se ven obligados a ello. Somos bastantes, seguro que sí, los que nos emocionamos, incluso lloramos, ante una retransmisión, porque nos resulta prácticamente imposible, por nuestras circunstancias, acceder al centro o al paso de determinadas cofradías en condiciones dignas. Las dificultades de acceso, las aglomeraciones y la sensación de inseguridad en algunas calles están alejando a parte de la propia ciudad de su celebración más emblemática. Y a muchos nos duele. Nos apena ver cómo algo tan nuestro se va volviendo, poco a poco, inaccesible para quienes deberían ser sus principales protagonistas.
La retransmisión televisiva, además, no es solo un recurso, sino también una forma de aprendizaje. A través de ella muchos redescubren el sentido, el orden y la riqueza de la Semana Santa, comprendiendo mejor sus tiempos, sus símbolos y su significado. Pero esa visión, aunque valiosa, nunca sustituye la emoción ni la vivencia directa. Y resulta especialmente doloroso que mientras a muchos sevillanos se les está privando, en la práctica, de esa experiencia, otros —tanto locales como foráneos— la disfruten en condiciones privilegiadas sin comprender realmente su profundidad ni mostrar siempre el respeto que exige.
A esto se suma el abandono evidente de la limpieza, tanto en el centro como en los barrios. Contenedores desbordados, bolsas acumuladas en el suelo, suciedad generalizada y olores a orines en múltiples rincones dibujan un escenario indigno. Esta es la imagen que se llevan quienes visitan la ciudad en estos días. Una imagen que no está a la altura de lo que Sevilla representa.
Mientras tanto, las obras inconclusas, resueltas de manera precaria con paneles inestables, reflejan también una gestión deficiente del espacio público en momentos de máxima afluencia. Y por otra parte, esos que, por impedir al ciudadano de a pie, visibilizar el paso de las cofradías, en redes se han venido a llamar los "paneles del apartheid".
En paralelo, la politización de la Semana Santa resulta cada vez más evidente. Algunos representantes públicos utilizan este contexto para exhibir símbolos partidistas en encintados de ramos. Otros personalizan actos institucionales —como el envío de flores— en su propia figura, olvidando que pertenecen a la corporación municipal y a los ciudadanos que los sostienen.
A todo ello se une la presencia de políticos nacionales que viajan a la ciudad y disfrutan de una Semana Santa privilegiada, alejados de la realidad de la calle, mientras aprovechan su presencia para proyectarse en los medios. No deja de resultar llamativo que, en muchos casos, incurren en una imagen claramente inapropiada, pues ni siquiera están familiarizados con los códigos básicos de comportamiento y vestimenta, que tradicionalmente han regido estas celebraciones; lo que hoy algunos llamarían “outfit”, una denominación que afortunadamente aún no parece aplicarse a nuestra tradición.
Pero este no es el único aspecto que habría que revisar. Se abre así un debate necesario: ¿dónde está el límite entre la tradición y la innovación?, ¿qué es realmente permisible? Porque mientras se generan intensos debates —no siempre injustificados— sobre cuestiones concretas, como si se deberían o no incluir melocotones en un exorno, se tiende a mirar hacia otro lado ante problemas más profundos que afectan al sentido y al desarrollo mismo de la Semana Santa.
Esa doble vara de medir, tan arraigada en la ciudad, evidencia una incoherencia difícil de justificar: se exige rigor en lo accesorio, pero se guarda silencio ante lo esencial.
Y cuando se señalan estos problemas, surgen argumentos que pretenden justificar lo injustificable: que la Semana Santa siempre ha cambiado, que no es igual que en 1900, 1929, 1940, 1975 o 1990, y que debemos adaptarnos a los tiempos. Pero esta comparación es tramposa. Evolucionar no significa degradarse. Adaptarse no implica perder el respeto, el orden ni el sentido.
El Consejo de Cofradías, por su parte, parece instalado en una preocupante pasividad, incapaz de poner límites claros ante comportamientos incívicos, presiones políticas o desórdenes generalizados. Parece como si las relaciones con la municipalidad impidieran poner puntos sobre las íes. Como si ponerlos supusiera reconocer fallos.
Ya es hora de reflexionar. El problema es que los que deben hacerlo ven la Semana Santa desde palcos y balcones, ajenos a la realidad de las cosas, pensando que las alusiones en redes son propias de la chusma y de ignominiosos seres politizados, y siguen afirmando que todo ha resultado espectacularmente y que ha sido, como cada año dicen, la mejor Semana Santa de la Historia.
Pero no todo vale. No todo puede justificarse en nombre de la evolución. La Semana Santa de Sevilla no puede convertirse en un evento masivo en el que el sentimiento popular oculte que muchos le quitan su alma, en un escaparate de excesos, suciedad y oportunismo, ni en un privilegio cómodo para unos pocos frente a la experiencia cada vez más degradada de la mayoría. Porque cuando una tradición pierde su significado, lo que queda no es evolución, sino una representación vacía. Eso no es lo que queremos. Sin duda. No vamos por buen camino.
Bajen de los palcos, bajen del balcón, por favor, cuanto más si el balcón es de alguna empresa que mantiene "vínculos" con nuestros gestores. No se escuden en el amplio sentir verdadero ni en el fervor de muchos ciudadanos, que es incuestionable, para evitar abordar estos problemas, porque existir, existen.
Sevilla, 3 de abril de 2026. Viernes Santo



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