El teatro de las marionetas
- Amparo Graciani
- 14 abr
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Actualizado: 15 abr
En Sevilla, algunos hablan. Otros mueven los hilos. Y luego están quienes observamos,y además, nos reímos.
Amparo Graciani
Desde que ocupaba el cargo de comisaria tenía ya una idea bastante aproximada de cómo funcionaban ciertas dinámicas dentro del propio Ayuntamiento: había quien dedicaba parte de su tiempo a hablar mal de mí y a contribuir, con mayor o menor entusiasmo, a una campaña de descrédito personal.
No fue una sorpresa. Algunos compañeros —con un sentido de la lealtad hoy casi exótico— me lo hacían saber. Yo, al parecer, no resultaba especialmente útil para determinados intereses dentro del equipo municipal, ni tampoco para quién aspiraba a ocupar mi cargo. Cada cual tiene sus habilidades.
Sevilla, como es sabido, es un pañuelo. Y hasta a los pañuelos, tarde o temprano, se les ven las costuras. Algunos amigos me llamaban para contarme lo que escuchaban: conversaciones de barra de bar, comentarios pronunciados con la tranquilidad de quien se cree a salvo de cualquier oído incómodo, o metiendo la pata hasta el fondo Incluso haciéndolos a grandes amigos míos… pequeñas escenas cotidianas, todas bastante ilustrativas.
Han pasado diecisiete meses desde mi dimisión y, sin embargo, algunas costumbres se mantienen con admirable constancia. Debe de ser que sigo resultando incómoda, y no me extraña, porque digo lo que pienso sin pudor; cada vez con menos. O quizás sea que hay equilibrios que requieren ser apuntalados con cierta frecuencia; para quién no tienen capacidades (y prueba de ello son los resultados obtenidos) no es sencillo sostener determinadas posiciones sin ayuda externa, cuanto más cuando bien se le conoce.
Hoy ha vuelto a producirse uno de esos episodios. El protagonista: un director de un servicio municipal que me conoce desde hace más de veinticinco años, pero que ha considerado oportuno actualizar su criterio a partir de la versión —digamos que muy trabajada— que le ha trasladado "el sustituto". Su pasado como agente de la CIA no es un dato menor: ayuda a entender cierta inclinación por la manipulación sibilina y por la construcción de relatos cuidadosamente elaborados, y por saber, también, qué hilos conviene mover y cuáles no.
El lugar: la Real Academia de Bellas Artes, de la que soy miembro. El método: el habitual. Una pregunta preliminar (“¿la conoces?”) y, a continuación, un despliegue de comentarios sobre mi persona, no especialmente ajustados a la realidad, pero sí expuestos con notable seguridad.
En esta ocasión, la escena tuvo un matiz interesante, que ya en otras sé que ha sucedido: alguien muy cercano a mí lo escuchaba. Y, además, decidió intervenir. Le paró los pies. Lo que vino después fue igualmente instructivo: un giro hacia el elogio con una rapidez que revela cierta flexibilidad argumental. Una cualidad, sin duda, muy útil en determinados entornos.
No es algo excepcional. Más bien responde a una pauta reconocible.
A estas alturas, debo decir que el asunto me afecta poco. Entre otras cosas, porque todo lo sucedido ha tenido un efecto clarificador y sin duda liberador para mí: algunas personas han confirmado exactamente lo que parecían, y otras —pocas, pero significativas— han preferido definirse por sí mismas.
Resulta incluso entretenido observar ciertas escenas en actos públicos: una delegada, alguna pretenciosa socialité, un comprado periodista siempre bien ubicado, algún arquitecto… todos aplicando la misma estrategia: evitar la mirada, el saludo, el mínimo gesto de acercamiento o reconocimiento. Una coincidencia tan precisa que casi invita a pensar que hacen ensayos previos. Imagino que, para ellos, soy una apestada y que solo pensar que se les vea hablándome les genera terror.
Lo verdaderamente interesante es que ese tipo de comportamiento simplifica mucho las cosas. Evita equívocos. Cada cual se pone en su sitio.
Por mi parte, la realidad es bastante menos dramática: estoy en una etapa especialmente libre, tranquila y, en muchos momentos, francamente divertida. Sin necesidad de adherirme a determinados códigos y con bastante claridad sobre con quién merece la pena compartir tiempo y conversación. Y lo que es mejor: con el cortisol bien normalizado.
Sigo viendo actitudes que considero infames. Y seguiré señalándolas. Quizá ahí radique, exactamente, el problema.
Que continúen. No voy a ser yo quien repita aquello de que “a cada cerdo le llega su San Martín”. Supongo que les llegará… o no. Sinceramente, me es bastante indiferente.
Mientras me rio del asunto, estos personajes me generan cierta pena: en masculino genérico o masculino inclusivo, el embaucador, el que se deja embaucar, el pretencioso, el comprado, el vendido… todo ese pequeño ecosistema que en esta Sevilla de las caras falsas se sostiene mientras puede y que no es el mío ni lo será. A veces, viéndolos, no puedo evitar pensar en esas marionetas hechas con un simple calcetín, los sock-puppets: alguien les da forma, les pone voz, les construye un personaje… y ellos se limitan a repetir el papel que se les ha asignado, con más o menos convicción.
Yo sigo a lo mío: creando, disfrutando y compartiendo el tiempo con quienes de verdad merecen la pena. Y no son pocos. Me siento satisfecha y feliz de vivir la vida desde esta perspectiva y con unos valores que, a estas alturas, tengo muy claros.
Sevilla, a 15 de abril de 2026




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