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Fe, tradición y coherencia: una reflexión necesaria

  • Foto del escritor: Amparo Graciani
    Amparo Graciani
  • 4 abr
  • 3 Min. de lectura

La fe puede ser una vivencia íntima; la coherencia, una exigencia pública. Cuando la fe entra en el discurso público, la coherencia deja de ser opcional.


Amparo Graciani



En los últimos días, en plena Semana Santa, se ha avivado una polémica en torno a Isabel Díaz Ayuso a raíz de la circulación de un vídeo antiguo en el que afirma con claridad: “yo no soy creyente”, contrapuesto a unas recientes declaraciones suyas en las que reivindica la fe, no solo como una vivencia personal, sino también como un elemento cultural profundamente arraigado: “es una cuestión de fe y también de cultura… esto es lo que somos y de dónde venimos”.


Como suele ocurrir en estos casos, rápidamente han surgido muchas críticas aludiendo la incoherencia entre ambas declaraciones. Sin embargo, no puede decirse que se haya producido un debate público polarizado, pues curiosamente nadie ha apelado a una posible y legítima evolución personal de Díaz Ayuso. Al margen de ello y en cualquier caso, nadie debería arrogarse el derecho de juzgar la autenticidad de la fe ajena.


Más allá de la persona concreta —y sin ánimo de entrar en una crítica política— esta controversia (que no debate) invita a una reflexión más amplia sobre algo que sí nos concierne a todos: la coherencia. Una reflexión genérica, sin acritud política.


Creer, tener fe, puede ser una suerte. Para mí, y en mi opinión, es una suerte. Hay quien la vive de forma profunda y sincera, y hay quien no la tiene en absoluto. Ninguna de esas posiciones hace a nadie mejor o peor. La fe, en todo caso, pertenece al ámbito de lo íntimo, de lo personal, de lo que no siempre se puede explicar ni demostrar.


Ahora bien, lo que sí pertenece al ámbito público es la coherencia.


Presumir de lo que no se tiene —sea fe, convicciones o valores— implica perder lo único que verdaderamente sostiene la credibilidad. Ya lo advertía Aristóteles al vincular coherencia y credibilidad; sin esa correspondencia entre lo que se dice y lo que se es, el discurso se vacía. Tener fe puede ser una suerte; vivir con coherencia es, en cambio, una elección.


No todos creen, y está bien. La sociedad contemporánea es plural, diversa y compleja. Pero lo que resulta problemático no es la ausencia de fe, sino la tentación de fingirla cuando resulta conveniente. Porque entonces la fe deja de ser una vivencia auténtica para convertirse en un recurso retórico.


Y eso empobrece tanto el debate público como el significado mismo de aquello que se invoca. Tampoco es necesario recurrir a la fe para sostener valores. La ética, el compromiso o la responsabilidad no dependen exclusivamente de una creencia religiosa. Pero sí dependen —y de manera decisiva— de la coherencia con la que se practican.


Por último, conviene distinguir entre fe y tradición. Las tradiciones, incluso aquellas de raíz religiosa, forman parte del patrimonio cultural: tienen dimensiones históricas, artísticas y sociales que trascienden la creencia personal. Defenderlas no exige necesariamente profesar la fe que las originó; basta con reconocer su valor como expresión colectiva de una comunidad.


Por eso no debería extrañarnos ver a responsables públicos sin fe participar en estas manifestaciones o compartir momentos cargados de religiosidad popular. No cabe la critica pues no hay contradicción en ello si se hace desde el respeto a la tradición y al sentimiento colectivo. Lo que sí cabe exigir —también en estos casos— es coherencia en lo que se dice y en lo que se hace.


Quizá por eso el verdadero eje de esta polémica no debería situarse en si alguien cree o deja de creer, ni en si ha cambiado o no con el tiempo. La cuestión de fondo es más sencilla —y, a la vez, más exigente—: no tanto la coherencia a lo largo del tiempo, porque todos podemos evolucionar, sino la coherencia en el presente, entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que representamos públicamente.


Y, en lo que respecta a nuestros responsables públicos, la cuestión no es si tienen fe o no, sino si, en el ejercicio de su cargo, institucionalmente, han sido respetuosos y comprometidos con aquello que dicen defender.


Porque, al final, la fe puede ser íntima. Pero la coherencia —la verdadera— siempre es visible.


Sevilla, 4 de abril de 2026. Sábado Santo

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