Sevilla, ese chiringuito de feria
- Amparo Graciani
- 17 abr
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 19 abr
Porque en Sevilla no es que pasen cosas: es que pueden pasar… y no pasa nada
Amparo Graciani
Antes de aportar mis reflexiones sobre la polémica del día —la comercialización de la caseta de la Hermandad del Rocío de la Macarena— quiero aclarar que no escribo movida por la envidia ni por una cuestión personal; ni esta Hermandad me importa lo más mínimo, ni su caseta de feria, y mucho menos su Hermano Mayor, el protagonista de la cuestión, que dice llamarse Mario Niebla del Toro; ni sé, ni necesito saber, cuál es su nombre real.
No tengo nada personal contra él. Lo conozco, claro… como muchos, pero no todos, en Sevilla. Es un personaje peculiar, de orígenes humildes, que ha sabido construirse una vida –para mí ficticia, para otros exitosa– rodeada de celebridades, lujo aparente y ese aire de nobleza o aristocracia impostada, tan propio del famoseo. Un mundo que quizá algunos ambicionen, aunque desde luego no es mi caso. Si ya el nivel más básico de la socialité sevillana me resulta difícil de encajar, cuánto más ese otro, que me es completamente ajeno.
La coartada perfecta
Escribo porque a través de las redes percibo que ha vuelto a aflorar entre la ciudadanía una sensación cada vez más extendida: la de que en Sevilla hay reglas distintas según quién seas. La de que ciertos comportamientos no solo se toleran, sino que se normalizan. Y, sobre todo, la de que cualquier intento de cuestionarlo acaba reducido a una caricatura: la del envidioso.
Si mi texto pareciera agriado, que quede claro que es más por la chulería de sus respuestas que por lo acaecido, porque ya no me asusto de nada, cuanto menos con los precedentes de actuaciones protagonizadas por él que ya me habían parecido muy cuestionables.
Y es que, en el marco de la polémica, con la referida chulería, como si fuera un crack de la lengua, responde en redes sociales, recurriendo a una frase cómoda; y tanto, porque no es ni suya, sino atribuida a Jackson Brown. Nada debe extrañarnos del talentoso que aconseja a sus amigos escribir libros con inteligencia artificial. La frase escogida por nuestro protagonista, «La envidia es el homenaje silencioso que la mediocridad le rinde al talento», deja de ser una reflexión para convertirse en un parapeto; es difícil encontrar un argumento más eficaz y más viejo que el de la envidia: quien critica, envidia; quien señala, es mediocre; quien discrepa, simplemente no está a la altura. Con la misma rapidez que haría un libro con inteligencia artificial, convierte cualquier crítica en un defecto moral de quien la emite, desplazando así el foco del asunto. Todo parece estar resuelto, con esta manida frase, el arropo de algún medio que baila al son, y atacantes mensajes en abierto, a alguna "rencorosa (con inquina)" hermana que se queja, acompañado de un “pasa página”.
El problema no es el protagonista
Siento decir que el asunto, en este caso, no tiene nada que ver con aspiraciones personales ni con frustraciones ajenas. Aunque él no lo crea, no toda Sevilla le conoce; para muchos, sigue siendo un perfecto desconocido, sencillamente porque la suya, esa, no es la Sevilla que viven ni la que reconocen como propia muchos de los que han emitido las críticas sobre sus actuaciones.
Los comentarios tienen que ver con algo bastante más incómodo: la percepción de impunidad.
Así que no es Mario Niebla el centro de la cuestión en estas reflexiones, aunque por sus respuestas haya tenido que dedicarle estas palabras, agriadas, insisto, por sus respuestas a las críticas. Me ocupa el contexto que permite que determinadas dinámicas prosperen sin apenas contestación real. Es esa mezcla de favores, silencios y resignación que muchos sevillanos identifican ya sin demasiada sorpresa. Es, en definitiva, la idea de que Sevilla funciona, demasiadas veces, como un chiringuito donde todo el mundo parece saber cómo se hacen las cosas, pero pocos están dispuestos a decirlo en voz alta.
Y quizá por eso molesta tanto que alguien lo señale. No porque sea falso, sino porque es muy reconocible. Porque son demasiado reconocibles, sus protagonistas y sus cómplices, los que permiten y fomentan este tipo de actuaciones.
La norma existe
Lo ocurrido con la caseta no es una simple polémica de redes. Es un ejemplo más de esas actuaciones que no deberían suceder.
Las Ordenanzas municipales de la Feria de Abril de Sevilla (2011) son claras. El artículo 11 establece que la licencia es personal y de uso limitado: no es una propiedad privada ni un activo económico. El artículo 54 prohíbe la cesión, venta o alquiler, sin matices.
Cobrar por acceder a la caseta —se disfrace como se disfrace— implica ceder el uso a terceros. Y si hay dinero de por medio, no hay discusión posible: no es una invitación, es una cesión onerosa. En Derecho administrativo importa la realidad, no el nombre.
Frente a esta evidencia, en paralelo al argumento de la envidia, el protagonista traslada a través de los medios dos líneas de defensa. Una, apela a la caridad; dice que estos ingresos son “un auténtico pulmón” para la hermandad, que permiten sostener la Romería y su labor asistencial. Pero ese argumento tampoco resuelve nada. Que el destino del dinero sea loable no convierte en legal el modo de obtenerlo. El fin no justifica los medios. Si así fuera, bastaría invocar una causa noble para vaciar de contenido cualquier norma. La caseta no es un instrumento recaudatorio. Convertirla en una fuente de ingresos —por muy legítimos que sean los fines— supone desnaturalizar la licencia.
Por cierto, caridad cristiana debería tener un Hermano Mayor que con suavonas palabras arremete abiertamente en redes sociales contra una hermana de edad, que critica su actitud, tachándola de inquina y apelando a virtudes y actitudes de las que en su opinión carece; pero esa es otra cuestión.
La segunda línea de defensa es aún más reveladora. Se afirma, sin rubor, que “por 20€ los hermanos pueden disfrutar de una caseta con cuidados detalles, decoración, logística y estructura gracias al apoyo de Hesperia World”. La Junta de Gobierno se declara satisfecha. El mensaje es transparente: se ofrece un servicio, se fija un precio y se presume del resultado. Es decir, se describe exactamente un producto. Y ahí está el problema. No estamos ante una mejora inocente, sino ante un cambio de naturaleza: de espacio de convivencia a servicio de pago; de concesión administrativa a experiencia organizada; de hermandad a gestor de un producto. Ni la calidad de la decoración, ni la eficiencia de la logística, ni el respaldo de un patrocinador legitiman lo que la norma prohíbe.
El mecanismo de siempre
Pero, insisto, el problema no es solo lo que ocurre. Es lo que se permite que ocurra. En Sevilla esto no sorprende. Forma parte de una lógica conocida: primero se tolera, después se justifica y, finalmente, se normaliza.
Ahí está Icónica Santalucía Sevilla Fest. Denunciado, cuestionado y, aun así, sostenido por un silencio casi unánime mientras la opinión pública clama ante el ataque patrimonial, vecinal y medioambiental que conlleva. Quienes podían actuar callaron porque se beneficiaron; las instituciones miran hacia otro lado e incluso se vulneran procedimientos administrativos y con ello la norma impuesta. La Junta de Andalucía, el Ayuntamiento, los partidos —Partido Popular, Partido Socialista Obrero Español, Vox— coinciden en algo: el silencio. Solo excepciones como Susana Hornillo rompen esa inercia. Los medios están comprados.
En paralelo se produce una inversión de valores; y ahí tenemos a Javier Esteban, CEO o lo que sea de Icónica, premiado por la Cámara de Comercio por su supuesta contribución a la conservación del patrimonio. Irrisorio. El mismo entorno, las mismas prácticas discutidas… y, aun así, reconocimiento público. Subvenciones, cesiones de espacios públicos y prácticas cuestionables siguen produciéndose sin consecuencias. Ese es el patrón. Veremos si esta misma caseta termina siendo premiada, ensalzada, convertida en ejemplo, aunque nada tenga que ver su estética con el desarrollo de los acontecimientos. Sería una nueva confirmación de cómo funcionan las cosas.
Aquí no pasa nada
En Sevilla nada, o casi nada, se denuncia. No se actúa. Al contrario: se señala al que protesta. Se le desacredita. Se le aparta. Y al que se aprovecha, se le premia.
Sinceramente, no sé de qué nos escandalizamos, de qué se escandalizan los que hablan, los que hablamos de este tema. No va a pasar nada. Los que hablan quedarán marcados. Yo misma, por decir esto. Por decir lo que pienso. Total, ya... qué más da. Los demás seguirán callando para no perder su sitio. Y quienes hoy están en el centro de la polémica probablemente acabarán reforzados. En esta ciudad cuyo alcalde impone la censura, nada podemos esperar.
Porque al final, la pregunta no es si se incumple la norma. La pregunta es si en esta ciudad importa más la norma… o quién la incumple. Y la respuesta, a estas alturas, parece evidente. Porque en Sevilla no es que pasen cosas. Es que pueden pasar… y no pasa nada. Pobre ciudad.
Pues a disfrutar cada uno a su chiringuito de feria, a su caseta o a donde sea. Mario Niebla ya nos hace saber que la noche es larga, que está en ello y que lo demás, le importa poco. Como a tantos.
Sevilla a 18 de abril de 2026



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