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Cuando la vida se rompe y la responsabilidad no puede fallar

  • Foto del escritor: Amparo Graciani
    Amparo Graciani
  • 21 ene
  • 4 min de lectura

Actualizado: 26 ene

La altura moral de una sociedad se mide en momentos como este.



Amparo Graciani García


El accidente ocurrido en Adamuz no es una noticia más. Ha costado vidas. Cuarenta y dos, de momento. La tragedia no es anónima: los fallecidos no son números ni titulares, son personas concretas. A algunas de ellas las hemos conocido; nos han contado sus nombres, sus rostros, sus rutinas, su esfuerzo diario, su dedicación a los suyos, su compromiso silencioso con el trabajo y con la vida. No son cifras ni daños colaterales de un accidente: eran madres, padres, hijos, abuelos, amigos que hoy faltan en sus casas, en sus familias, en su trabajo y en sus comunidades. Con ellos se han perdido vínculos irrepetibles pues serían eslabones imprescindibles de muchas cadenas humanas. Duele pensar en ese vacío real, irreversible que sus pérdidas dejarán y que ante esas biografías rotas no habrá consuelo para esos hijos que han perdido padres, para esos padres que han perdido hijos, para nadie de los que perdió a algunos de los suyos. Ninguna reflexión posterior debe suavizar lo esencial: hay personas que ya no están, y eso es irreparable porque nada puede compensar sus ausencias.


Todos estamos rotos por la tragedia, atravesados por el dolor, pero también por la rabia, el desconcierto y una perplejidad profunda porque lloramos a las víctimas, pero también se ha roto la sensación de seguridad, se ha instalado el miedo y se ha resentido algo especialmente grave, la confianza en lo público.


Nos llegan las comprensibles expresiones de dolor e indignación y las manifestaciones de desesperación y angustia de familiares y amigos ante la desinformación, la falta de datos claros, los rumores y las versiones contradictorias. Pero también palabras de quienes intentan sostenerse en medio de lo insoportable: testimonios que se apoyan en la fe o en la gratitud por el tiempo compartido; no niegan el dolor ni lo justifican, pero muestran la dignidad con la que muchas familias afrontan lo irreparable. Son expresiones de amor, pero no de resignación.


Frente a la tragedia, la solidaridad ha sido uno de los pocos anclajes firmes. Equipos de salvamento, servicios sanitarios, profesionales de la psicología, voluntarios y personas comunes que han puesto todo lo que tenían —tiempo, esfuerzo, presencia— para ayudar, acompañar, aliviar; en esencia, para hacer lo preciso. Los afectados han expresado una gratitud profunda hacia quienes estuvieron ahí cuando tanto se necesitaba. Esa respuesta colectiva ha sido un refugio frente al miedo y la inseguridad. Sensaciones que seguro que nunca desaparecerán en quienes, de una forma u otra, han vivido la tragedia, por mucho apoyo psicológico que les acompañe de por vida.


Créditos fotográficos: CNN. Francisco J.Olmo /Europa Press/ A.P. (acceso)



Pero junto a lo mejor, también ha aparecido lo peor. En medio del dolor y la vulnerabilidad, no han faltado bulos informativos, rumores y mensajes interesados ha contribuido a generar confusión. La desinformación, venga de donde venga, es especialmente grave cuando no se combate con rapidez, claridad y verdad desde las instituciones. Callar o mirar hacia otro lado ante los bulos no es neutral: es irresponsable.


Los silencios, los mensajes contradictorios y los relatos construidos han alimentado una inquietud social creciente y una sensación de desamparo difícil de reparar. La inseguridad no es solo emocional: es real. Cuando quienes deben prever, proteger y explicar no lo hacen, la ciudadanía se siente sola.


Gestionar lo público no es una función técnica ni un privilegio administrativo. Es una responsabilidad inmensa, penal y —por encima de todo— moral. Las decisiones que no se toman, las advertencias que se ignoran, las negligencias y también las mentiras tienen consecuencias reales. La mala gestión no es una abstracción: puede traducirse en sufrimiento evitable y, en los casos más extremos, en pérdidas humanas irreparables.


Aunque es muy probable que en los próximos días vengan más lecciones, de momento, los transcurridos nos han reiterado una que es bien clara y que hace tiempo nos sabemos pero que parece necesario reiterar: la sociedad no puede sostenerse solo sobre la buena voluntad de la gente común. Necesita instituciones fuertes, servicios públicos fiables y gestión profesionalizada. Los profesionales formados, con criterio técnico y sentido ético, deben tomar las riendas allí donde la improvisación, el cálculo político o la falta de responsabilidad ponen en riesgo a la sociedad.


Porque gobernar no es ocupar un puesto ni refugiarse en procedimientos. Gobernar es asumir que cada decisión, y cada omisión, afecta a personas concretas. La responsabilidad política no termina donde empieza la legal; empieza ahí. Pero parece que tenemos que recordarlo, porque es evidente que no todos lo tienen claro.


La sociedad no puede asumir el mal hacer como algo inevitable. En este caso, el de Adamuz, podría haberse evitado. La ciudadanía no puede normalizar la mala gestión ni resignarse a ella. Exigir no puede llegar siempre después del desastre, del accidente, de la tragedia o de la malversación. La exigencia democrática debe ser preventiva, constante y firme, porque cuando se espera a que todo falle, el precio suele pagarse en vidas, en sufrimiento y en una confianza pública rota.


La altura moral de una sociedad se mide en momentos como este. En cómo responde su ciudadanía, pero también —y sobre todo— en cómo responden quienes la gobiernan. Que la solidaridad, la entrega y el sentido de responsabilidad que hoy vemos en la gente común no sean una excepción frente a instituciones frágiles, sino el estándar que se exija a la gestión pública.


Porque la vida es frágil. Y cuando se gestiona lo público, cada vida importa. Ninguna puede asumirse como daño colateral.


Sevilla, a 21 de enero de 2026.

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