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Sevilla: gobernar sin escuchar

  • Foto del escritor: Amparo Graciani
    Amparo Graciani
  • hace 1 hora
  • 4 Min. de lectura

Una ciudad no se construye con anuncios. Ni con visitas. Ni con relatos. Se construye cuando sus vecinos cuentan


Amparo Graciani


Como soy muy de onomásticas y celebraciones y, además de generosa y algo pejiguera, amo profundamente a mi ciudad, ayer, por San José, tenía pensado hacerle un pequeño regalo a nuestro alcalde. No por educación —ni por una felicitación que ni siquiera agradeció (y no creo que fuera porque no le mandaba un beso)—, sino porque sinceramente creo que lo necesita.


Sin embargo, finalmente he decidido ahorrármelo. Estoy convencida de que se dará por satisfecho si, por su santo, le regalamos tan solo unas palabras. Al fin y al cabo, siempre será más llevadero leer esto que enfrentarse a Platón; ese autor que, por desgracia, probablemente solo recuerde de pasada por Selectividad —si es que llegó a estudiarlo—, quizá por el mito de la caverna. Lo que sí parece claro es que le vendría bien un pequeño repaso.


Quizá el problema sea que nadie le ha explicado —o él no ha querido entender— qué significa ser servidor público. Platón lo tenía bastante claro: gobernar no consiste en mandar, sino en servir. Quien asume un cargo sin estar preparado incurre ya en una forma de corrupción. Y el buen gobernante no busca el poder, sino que lo acepta como una responsabilidad hacia los demás.


Nuestro alcalde —como algún otro responsable público de esta ciudad— haría bien en leer a Platón y, de paso, impregnarse de su idea de la ciudad: una comunidad en la que cada cual cumple su función en favor del bien común; donde la convivencia no se basa en silenciar al discrepante, sino en integrarlo; donde la ley y la política sirven para educar ciudadanos, no para apartarlos.


No parece que estas ideas estén muy de moda en Sevilla. A veces da la impresión de que el problema no es la falta de referentes, sino la falta de voluntad para escucharlos. Porque hay autores —clásicos y contemporáneos, como Byung-Chul Han, o Han— que han pensado precisamente sobre esto: el poder que evita el conflicto, la incomodidad de la crítica, la tentación de rodearse solo de quienes asienten.


En Sevilla se ha sustituido la verdad por la comodidad, el debate por la adhesión y la comunidad por un individualismo incapaz de soportar al otro. La Sevilla de mi alma, donde gobernar deja de ser servir para convertirse, simplemente, en escuchar solo a quien no incomoda.


Y es que aquí vamos más bien al revés de lo que proponía Platón. No hacen falta grandes decisiones para entender cómo se están haciendo las cosas. Basta con fijarse en los detalles: en quién está… y, sobre todo, en quién no está.


Sirva como ejemplo lo ocurrido ayer, día de San José, durante la inauguración del programa “Puente Abierto”, con motivo del centenario de la apertura del Puente de Alfonso XIII (6 de abril de 1926). En este caso, el desacierto ha venido de Rafael Carmona. Se nos habla de acercar el patrimonio a la ciudadanía… y poco más. Mucho anuncio, mucha puesta en escena, pero una realidad cuidadosamente maquillada.



Lo que hay es lo que hay: un puente que lleva demasiados años abandonado y que ahora se muestra tal cual, como si eso bastara, mientras se anuncia un proyecto que —nos dicen— quizá llegue en 2029. En esta ciudad tenemos una peculiar habilidad: cuando no hay proyecto, hay visita; cuando no hay planificación, hay agenda; y cuando no se llega a tiempo, se celebra igualmente y se sigue adelante. La foto, eso sí, queda impecable. Pero el problema es otro.


Que la Asociación de Vecinos del Puerto de Sevilla no haya sido invitada —mientras sí lo estaban otras del entorno— dice mucho más de lo que parece. No es un descuido. No es protocolo. Es una decisión: elegir quién molesta y quién no. Y, claro, quien molesta, se queda fuera.


Desde esta asociación, los vecinos llevan tiempo planteando cuestiones razonables: denuncian el abandono, reclaman ser escuchados en asuntos que les afectan directamente, piden información, quieren participar, cambiar las cosas. No parece una exigencia desmedida. Se sienten, además, engañados por promesas electorales hoy olvidadas. Para mí, esta asociación tiene rostro, nombres, trayectorias. Personas implicadas como Diego Caralt, ejemplo de ciudadanía comprometida, como otros que existen en esta ciudad. Y lo que están recibiendo no es un trato justo.


Cada vez son más los vecinos que perciben que en Sevilla se toman decisiones sin contar con ellos. En lugar de abrir espacios, lo que se percibe es lo contrario: puertas que se cierran, interlocutores elegidos a medida y una evidente incomodidad hacia quien no aplaude. Pero las asociaciones vecinales no están para ser cómodas. Están para representar, para plantear problemas, para exigir explicaciones y, sí, también para criticar cuando es necesario. Convertir un acto público en una excusa para apartar a una asociación implicada es, simplemente, no entender lo público.


Porque las instituciones no pertenecen a quienes las dirigen en cada momento. Son de todos. Y eso implica algo muy básico: no se puede decidir quién participa en función de afinidades personales o de lo incómodo que resulte escuchar determinadas opiniones.


Sevilla necesita justo lo contrario de lo que estamos viendo: más diálogo, más transparencia y más capacidad de escuchar, incluso cuando lo que se dice incomoda. Porque si algo debería preocupar no es la existencia de una asociación crítica. Lo verdaderamente preocupante es una forma de gobernar que solo se siente cómoda cuando no es cuestionada. Y así es difícil construir ciudad.


Cansa ver cómo se repite el mismo patrón: promesas, anuncios, titulares… y después, poco. Cansa ver cómo la participación se convierte en algo decorativo. Y cansa, sobre todo, la sensación de que, al final, todo se decide sin contar con quienes están ahí cada día.


Platón también lo advirtió: cuando la política se basa en la opinión fácil, en el aplauso o en evitar el conflicto, acaba degenerando. No hace falta irse a Atenas para comprobarlo. Aquí lo tenemos mucho más cerca.


Una ciudad no se construye con anuncios. Ni con visitas. Ni con relatos. Se construye cuando sus vecinos cuentan, los 700.000 de los que hoy el alcalde se vanagloria. Y ahora mismo, en Sevilla, hay demasiados vecinos a los que ni siquiera se les invita.



Sevilla, 20 de marzo de 2026



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