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Cien años de Cayetana… y una plaza que debe estar a la altura

  • Foto del escritor: Amparo Graciani
    Amparo Graciani
  • 4 mar.
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 5 mar.

La memoria no se honra solo con eventos, sino con cuidado cotidiano.


Amparo Graciani García


 

Paso varias veces cada día por la Plaza Duquesa Cayetana de Alba, situada entre el Puente de la Barqueta, La Resolana, Torneo y la avenida Concejal Jiménez Becerril. Forma parte de mi recorrido cotidiano. Debería ser un rincón especialmente cuidado, como deben serlo tantísimos en Sevilla; un lugar, donde el afecto institucional se traduzca en dignidad urbana. Y, sin embargo, no refleja ese esmero.


Al pasar por allí siento una cierta pena al comprobar cómo un lugar que lleva un nombre tan cargado de afecto para Sevilla no muestra el cuidado que cabría esperar: jardinería irregular y, más allá de una placa nominal, escasa contextualización visible, además de un pavimento deteriorado y peligroso para el viandante. Son detalles que hablan más de rutina administrativa que de homenaje sentido.


Por eso, cuando a mediados de enero asistía al acto de presentación del programa de eventos con motivo del centenario del nacimiento de Cayetana Fitz-James Stuart, celebrado en el Salón de Tapices del Real Alcázar, la imagen cotidiana de su plaza volvía una y otra vez a mi cabeza. Mientras se desgranaban exposiciones, conferencias y actos culturales para conmemorar la efeméride, no podía dejar de pensar en ese espacio concreto de la ciudad que lleva su nombre.


Mi intención inicial era publicar estas líneas el próximo 28 de marzo, fecha en la que se cumplirán cien años de su nacimiento. Confiaba en que para entonces, y con una mirada transversal sobre la ciudad, nuestros gestores hubieran dedicado a la plaza el cuidado que merece. Sin embargo, al comprobar que nada ha cambiado, la inauguración hoy, en el Palacio de las Dueñas, de la exposición dedicada a su figura —uno de los actos centrales del centenario y una cita que los sevillanos no deberíamos perdernos— me ha animado a adelantarlas y a dedicarles un poco de mi tiempo, mientras en Dueñas se celebra el inicio de la efeméride.


Lo hago sin ánimo de polemizar —y menos aún en un día tan señalado—, sino con el deseo de suscitar una reflexión serena en quienes gestionan nuestra ciudad. No se trata de abrir un debate político ni de alimentar polémicas, sino de expresar algo sencillo: que, cuando llegue ese día, la plaza esté a la altura del homenaje que Sevilla proclama. Porque la memoria no vive solo entre tapices. Tampoco quisiera que estas líneas se interpretaran desde prejuicios ideológicos que impidan reconocer la relevancia histórica y cultural de Cayetana de Alba. Más allá de afinidades o sensibilidades, su vínculo con la historia reciente de Sevilla es innegable. Lo planteo desde el convencimiento de que la coherencia institucional y el cuidado de nuestra ciudad no deberían ser objeto de discusión, sino un compromiso compartido.


Poco queda hoy de aquel entorno reorganizado en mayo de 1998 a pesar de que hoy se publicita como vigente. Fue entonces cuando se ampliaron las medianas de las vías que confluyen en este punto y se diversificó el ajardinamiento con distintas especies ornamentales y cuando el espacio se dividió en cuatro zonas principales: dos áreas triangulares en las medianas, ajardinadas con lantanas amarillas y jóvenes árboles de Júpiter; una glorieta central, casi rectangular, rodeada por un seto de espino de fuego, con arriates de flores de temporada, grupos de celestinas y siete laureles recortados en forma cónica; y, frente a ella, hacia el río, otra zona delimitada por setos de bonetero, con rosales rojos y laureles de Indias que marcaban la entrada al puente de la Barqueta. De todo aquello apenas subsiste el recuerdo, con un ajardinamiento muy deteriorado y pavimentos en pésimas condiciones.


Fotografía 04.03.2026


Fotografía 04.03.2026


Fotografía 04.03.2026


Con independencia de la prometida reforma, un adecentamiento para la ocasión hubiera sido deseable. Sevilla es una ciudad que, cuando quiere, sabe vestirse de flores. Lo hace en rotondas, campañas estacionales y glorietas que cambian de color con disciplina casi coreográfica; hace apenas unos días los parterres de la Plaza del Triunfo lucían cruces de Borgoña para el pasacalle de las bodas de Carlos V. Es también Sevilla una ciudad que sabe mirar al pasado, tirando de nomenclátor; la Asociación Niculoso Pisano nos ayuda a ello, encendiendo luces a nuestros gestores. Recursos y capacidad, por tanto, no faltan; quizá sí la decisión de priorizar los lugares donde la ciudad deposita su memoria.


Porque el problema no se limita a esta plaza. El abandono de glorietas y espacios dedicados a figuras de nuestra historia es, por desgracia, bastante generalizado. Cuántas plazas, cuántas calles de Sevilla precisan hoy intervención y cuidado. No se trata de un caso aislado, sino de una cuestión más amplia de atención al paisaje urbano que sostiene nuestra memoria colectiva.


Hace apenas unas semanas, el 17 de febrero, muchos sevillanos volvieron a su glorieta a honrar a Gustavo Adolfo Bécquer en el 190 aniversario de su nacimiento; allí también se percibía esa mezcla de afecto ciudadano y una gran tristeza por el estado del espacio que lo recuerda. Nadie quiere que quienes se acercan a celebrar a nuestros referentes culturales tengan que sentir ese mismo desamparo.


Precisamente por eso estas líneas no nacen de la crítica fácil, sino de una simple exigencia de coherencia. Resulta llamativo que el esmero que Sevilla demuestra en tantas ocasiones no tenga un reflejo claro —y permanente— en el espacio dedicado a la duquesa precisamente en el año de su centenario. ¿Hay que esperar a la efeméride exacta para recordar que ese nombre está ahí? ¿Necesitamos un aniversario para decidir que esta plaza (como tantas) merece limpieza, poda y dignidad constantes?


El nomenclátor no es un mero listado administrativo: es pedagogía colectiva. Las calles cuentan quiénes somos y las plazas transmiten referentes. Nombrar un espacio público es acercar un personaje al pueblo e integrarlo en el paisaje cotidiano. Nuestros jardines y nuestros espacios verdes son mucho más que lugares de los que presumir en el portal municipal. Cayetana no es un nombre olvidado. Forma parte del imaginario sentimental de Sevilla. Su relación con la ciudad fue profunda, visible y celebrada durante décadas; precisamente por eso cualquier signo de dejadez en el espacio que la recuerda resulta más evidente.


No bastan discursos ni calendarios de actos. Si la ciudad proclama cariño, debe materializarlo en lo concreto: limpieza constante, jardinería atendida durante todo el año, iluminación adecuada y una placa explicativa que cuente quién fue Cayetana y por qué su nombre forma parte del mapa urbano. No es una cuestión estética menor; es coherencia entre palabra y acción.


Celebrar un centenario sin garantizar el cuidado estable del espacio que lo simboliza es como organizar un aniversario familiar con vajilla de gala y recibir a los invitados en una casa sin barrer.


Como escribió el sevillano José María Izquierdo al evocar la esencia sevillana, «si supiéramos de alguna ciudad que tuviese esta sabia armonía, esta exquisita aristocracia, esta plenitud de gracia…». Quizá esa armonía también exige algo muy sencillo: cuidar los lugares donde Sevilla deposita su memoria.


Hoy, 4 de marzo, cuando Sevilla comienza a desplegar los actos del centenario con la exposición de Dueñas, quizá sea buen momento para recordarlo: la memoria no se honra solo con eventos, sino con cuidado cotidiano. Ojalá, cuando llegue el 28 de marzo —el día en que se cumplirán cien años de su nacimiento— la Plaza Duquesa Cayetana de Alba luzca como merece el nombre que lleva. Porque las ciudades también hablan a través de sus plazas, y en el cuidado cotidiano de esos lugares —no en gestos puntuales— se reconoce el respeto que una ciudad tiene por quienes forman parte de su memoria.

 

Sevilla, 4 de marzo de 2026.






1 comentario


cristinahnoble
7 mar.

Tienes toda la razón, Amparo. Supongo que la causa de esta dejadez está en la imposibilidad de hacer varias cosas a la vez. Y ahora parece que toca mejorar la infraestructura subterránea de Sevilla, que en algunos aspectos es medieval.

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