La larga sombra del ciprés
- Amparo Graciani
- 12 mar
- 4 Min. de lectura
La plantación de cipreses frente al convento del Espíritu Santo reabre una vieja lección literaria: en Sevilla quizá estemos aprendiendo, como el protagonista de Delibes, a no encariñarnos demasiado con nada.
Amparo Graciani
Hay árboles que dan sombra y hay árboles que dan que pensar. El ciprés pertenece claramente a la segunda categoría. ¿Será que con su silueta alargada —ese árbol inevitablemente asociado a los cementerios— alguien quiso representar cómo la muerte, o al menos cierta tristeza, puede extenderse sobre la vida? Eso sugería La sombra del ciprés es alargada, la primera novela de Miguel Delibes, donde el joven Pedro aprende pronto una lección preventiva: para no sufrir demasiado, lo mejor es no encariñarse con nada ni con nadie.
Empiezo a sospechar que esa filosofía puede acabar convirtiéndose en el nuevo manual sentimental de los sevillanos. El detonante de esta reflexión es aparentemente botánico. En la nueva urbanización frente al convento del Espíritu Santo, en pleno centro histórico, el Ayuntamiento ha decidido plantar cipreses. Sí, cipreses. Según se ha explicado, se trata de una especie cuyas raíces resultan menos agresivas para el subsuelo y, por tanto, más respetuosa con la fachada del edificio. Bajo el pavimento aparecieron tuberías y canalizaciones que aconsejaban prudencia arbórea.

No nos debe extrañar, pues la prudencia, desde luego, siempre ha sido una virtud municipal en Sevilla, donde sabemos bien lo que ocurre cuando un árbol se toma demasiadas confianzas con la arquitectura. Ahí tenemos el afamado ficus de San Jacinto, que durante décadas creció con determinación hasta convertir sus raíces en un asunto casi geológico. El árbol terminó siendo tan monumental como problemático, recordándonos que la naturaleza, cuando se toma en serio su trabajo, rara vez consulta los planes de urbanismo. Tal vez por eso ahora se prefiere la disciplina vertical del ciprés. Nada de copas expansivas ni raíces aventureras. Un árbol discreto, delgado, obediente. Que ningún árbol se meta donde no lo llaman.
Pero es que no hablamos de un árbol cualquiera. No, señor. Desde la Antigüedad clásica está asociado al duelo, al silencio y a los cementerios. Griegos y romanos lo plantaban junto a las tumbas; después lo adoptaron monasterios y claustros con idéntica lógica simbólica. Desde entonces su silueta apunta al cielo como una flecha funeraria. Pero no es exactamente el primer símbolo que a uno le viene a la cabeza cuando imagina una plaza en el centro de Sevilla.
Quizá todo responda a un criterio estético superior, omnipotente, como lo que ahora pasa en Sevilla, donde todo se nos impone. Algo así como ese nuevo “libro de estilo de Sevilla” del que tanto se habla últimamente, aunque nadie haya conseguido localizar todavía ni el índice. ¿En qué capítulo aparece el ciprés? ¿En el de “botánica compatible con tuberías”? ¿En el de “paisajismo ascético”? ¿O en el de “evitar que los árboles se entusiasmen demasiado”? Porque entusiasmo arbóreo, desde luego, no tendrán. Aunque tal vez la explicación sea aún más sencilla: quizá sobraban algunos de los ciento veintidós cipreses que han decidido plantar en el cementerio de San Fernando, que ahí —dicho sea de paso— mal no vendrán.
El ciprés, además, tiene una cierta tradición literaria en Sevilla. Gustavo Adolfo Bécquer escribió en una de sus rimas: «¡Cuántas veces trazó mi triste sombra / la luna plateada, / junto a la del ciprés que de su huerto / se asoma por las tapias!». Ahí vuelve a aparecer la sombra: la del árbol y la del sevillano mirando la noche con su inevitable melancolía romántica. También es verdad que el ciprés forma parte del paisaje de Itálica, donde sus líneas verticales acompañan desde hace décadas los restos de la antigua ciudad romana fundada por Publio Cornelio Escipión. Allí nadie parece escandalizarse demasiado. Quizá porque cuando un lugar tiene dos mil años de historia, un árbol funerario impresiona menos, y porque allí el ciprés nos invita a pensar en la verticalidad de los muros perdidos. Aunque la sensación de desolación entre aquellas ruinas —no me lo negarán— tampoco resulta del todo ajena. Eso sí: ahora sabemos además que el ciprés puede provocar alergia. De modo que el pobre árbol acumula méritos para la polémica: símbolo de muerte y, al mismo tiempo, sospechoso de polen. Un currículo difícil.
Mientras tanto, los sevillanos vamos aprendiendo poco a poco la lección del protagonista de Delibes: la pedagogía del desapego. La prudencia emocional aplicada al urbanismo.
Tal vez lo más sensato sea no encariñarse demasiado con nada. Ni con los árboles. Ni con las plazas. Ni con los paisajes que creíamos nuestros. Por si mañana también le estorban al alcalde o al Gerente de Urbanismo, que como vienen del pueblo cariño a la ciudad poco parecen tenerle.
Al fin y al cabo, ya lo advertía el título: la sombra del ciprés es alargada. Y en Sevilla, últimamente, parece que cada vez alcanza más lejos. La nueva herencia paisajística del alcalde José Luis Sanz son los cipreses. No nos es ajena. Mucha verticalidad, mucho postureo; tieso y sin arte; malaje; pero sombra, sombra, poca, muy poca.
Sevilla, a 12 de marzo de 2026.



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