La cofradía del corrosivo
- Amparo Graciani
- hace 3 días
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Curiosa acidez la de quien, con lejía retórica, nunca muerde la mano que le sirve la mesa
Amparo Graciani
Hay quien, en su empeño por erigirse en Hermano Mayor, se fabrica una hermandad a medida: sin túnicas, con tabernas, zaguán y tribuna propia, y para la que —muy a su pesar— pocos hermanos consigue. Escribe, firma, ocupa espacio y pretende —con más voluntad que acierto—marcar el tono aunque poco consiga. Pero no es una cofradía cualquiera: es la de los corrosivos. No usan vinagre —demasiado doméstico, incluso entrañable—. Lo suyo es otra cosa: lejía retórica. Más eficaz, sí. También más devastadora. Eso pretende; pero habría que saber verterla.
Su método es conocido: predicar, sentenciar, recortando la realidad hasta que encaje en su relato. No observa: dictamina. Y no analiza: recorta a su antojo. Donde había matices, quiere dejar superficies planas. Donde había discusión, silencio. Quiere eliminar la crítica.
El método que utiliza es sencillo y, se lo hemos visto muchas veces. Toma un asunto público, cuanto más complejo mejor. Lo mete en una coctelera de certezas rápidas y se agita sin demasiadas dudas. Sale un texto brillante, sí. También más pobre. Lo que no encaja, desaparece. Lo incómodo, se evapora.
Después llega el gesto elegante: no señalar a nadie en concreto. Mucho mejor hablar de “la sociedad civil”, “los críticos”, “los de siempre”, los malignos de las redes. Así, cobardemente, sin señalar con el dedo, lanza la piedra sin que se vea la mano para así amenazar y lanzar mensajes ocultos a los que está convencido que se darán por aludidos.

Le diría a ese aspirante a Hermano Mayor, que la crítica hace falta. Siempre. Incluso cuando molesta y cuanto más cuando los medios nos ofrecen una parcialidad comprada. Que no tenga obsesión por desinfectarlo todo; que el desacuerdo no es una infección sino una parte esencial de cualquier conversación pública, de la cotidianeidad democrática y el librepensamiento. Le diría que cuando todo se limpia en exceso, lo que queda más que claridad, es un vacío anodino, sumiso, tanto que hasta huele mal cuando se usa agua sucia; aunque quizás eso sea una muestra de su aspiración social. Le diría que con ese tono —ese que parece tan seguro— más que aclarar, evidencia el temor del que —a la desesperada— usa sus armas por conseguir su objetivo.
Es curioso que quejándose del exceso de crítica, él la ejerza sin problema… Que se lo permita. Pero en horizontal o hacia abajo; rara vez hacia donde de verdad incomoda. Solo hacia donde le interesa. No es casualidad. Vinagre de Jerez frente a vinagre de Módena, el que a mí precisamente me encanta.
Mientras, a los que están ahí —en esa etiqueta tan cómoda de “sociedad civil”— no se les responde; se les agrupa, y se les pretende diluir convirtiéndolos en categoría, utilizando la amenazante y corrosiva lejía para borrar rastro. Es más fácil así, aunque le valdría un jabón neutro y agüita clara.
A lo mejor tienen una forma menos brillante de hacer crítica, pero no lo dude, más eficaz y más honesta con lo que pasa fuera del papel. Una manera que no necesita simplificarlo todo para parecer convincente; y, sobre todo, una manera que no escribe desde la comodidad de quien sabe perfectamente a quién puede incomodar… y a quién no. Curiosa acidez la de quien nunca muerde la mano que le sirve la mesa.
Con todo cariño, le animamos a seguir practicando y buscar nuevos hermanos, que de momento bastante solito, casi solo, anda. Aún tiene margen de aquí al 20 de septiembre, Día Internacional de la Limpieza, aunque habría quien se lo prorrogaría a mayo del 27.
Sevilla, a 30 de abril de 2026.



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